martes, 30 de abril de 2013

La palabra «futuro»

No me agrada. Es sencillo. No hay eso que llaman futuro. Hay presentes continuos. La vida es exactamente eso. Un estado transitorio. Es así porque nos movilizamos, nos deslizamos a través suyo. Sea para transformar algunos hechos, por el devenir de muchos otros; o, simple y llanamente, por el afán de vivir es que nos manifestamos vivos por intermedio del movimiento. La vida es un constante fluir energético hoy, aquí y ahora.
El presente es continuo en tanto no existe para la vida un mañana más que lo hecho por sus hombres en el momento mismo de su estadía. Y ellos trabajan no sólo por lo que hay, aquí hoy y ahora, sino por que vendrá: otro aquí y ahora. Cuando ellos abandonan la faz terrenal ya saben advendrán otros, pero no son el futuro. Son otro presente. El mismo que antaño, el mismo de mañana. Con otro perfume, otra poesía; con otro canto comunitario, con otra historia que contar y tramar. Serán otras arañas, pero con la misma cantidad de patas. El mismo tejido, pero con otro hilo.
No se resume la vida en trabajar para el futuro, sino en hacer para el hoy. Para que el mañana sepa más a libertad y menos a esclavitud. Para que haya una desindustrialización masiva, y comencemos a creer en que nosotros somos el blasón mundial a los ojos de Dios. Porque la pobreza no es un mal nuestro: es de ellos.
No hay mal que dure cien años. ¿O si? En algún pueblo lejano narrado por algún que otro escritor con su ágil pluma lo he leído. Y no, no me parecería extraño que los múltiplos de aquél signo incrementen sin chistar si es que pronto no nos ponemos por nuestro presente y el de ellos a trabajar
El no pide adoración. Reclama acción. Sí, por su injusta crucifixión. ¡Despertad carajo!

lunes, 29 de abril de 2013

Cerca del final...


Eran las 23:00 horas. Fritz me observó. Me atrajo en silencio, y con mucho más por decir. Su aire se acortaba de a ratos. Parecía faltarle oxígeno; uno que a duras penas le era suministrado por el poco aire que en aquella habitación había, culpa del monóxido de las estufas que, caprichosamente y a pesar de los sucesivos reclamos del viejecillo, los enfermeros volvían a encender, una y otra vez…
Su mirada tuvo un sesgo inmaculado y resplandeciente. Me imploró, sin habla y con una expresión unánime, lo escuchase un momento más antes de tenderse en la vigilia mortuoria… junto a un río y una canoa. Vislumbré a Benigno sentado sobre un tronco, en la orilla del mar, con la arena raspando la planta de sus pies, con infantil ternura y cosquilleos. Así se me apareció el anciano en su premura y mirada espejada presa en mi retina. ¿O habrá sido la paz eterna anticipada aquello que me transmitió?
Sin embargo, en su interior algo latió con ademanes e impulsos, demostrando interés por prorrumpir. Y no fue un corazón lo que palideció, arrítmico y bombeante, sino un sentimiento; un reproche; una mala situación; una zozobra; una decepción; un desasosiego.
 Él continuó allí, en su litera, aquietado y con su infusión en mano.
Ambos supimos que la muerte de uno u otro nada cambiaría al mundo. Y lo cogitamos en secreto, sin habla y excesivas miradas ausentes de lágrimas anegadas. Sesgos que estuvieron pronto a desvanecerse, a tomar otra forma. Más furibunda, quizá. O tal vez no. No hubo atracción entre nosotros. Tampoco esperanza. Menos aún Fe. Sólo desventura y egoísmo. Ateísmos y putas. Ascos e irrespetuosos. Pornografía, esclavos, y objetos… Recién ahí comprendí el porqué de su cita a San Marcos (Cap. 6:3-6).
Abandoné el ventanal con las afueras de la ciudad encapotadas como panorama. Al rato, uno de los enfermeros le anunció a Fritz que lo esperaban en el subsuelo para unos chequeos. Me resultó extraño, pues hacía un momento que le habían realizado sus «chequeítos de rutina». Sin chistar, Fritz acató la orden.
Más tarde, el gran Müller regresó con más vigor. Su rostro estuvo encandilado por el brillo que sus ojos —probablemente ungüentos con alguna maravilla científica que los hizo únicos— lanzaron, reverencialmente. ¡Era él un monumento viviente y pulido por mil hombres, quienes lograron en él una perfección sinigual en esos sótanos hospitalarios! El camillero me sonrió, como expresándome cierta complicidad en todo ello.
Una vez acomodados ambos, le dirigí mis inquietudes respecto a sus labores en la Usina. Lo noté más cansado que antes a pesar del rayo que manaba desde su mirada hasta el sempiterno umbral universal. Percibí un rostro acartonado y sintético. ¡Jamás se había este hombre curvado hacia la depresión! Al menos hasta aquél momento, en que su rigidez troncal abrió paso a la mansedumbre muscular.
Fritz humedeció sus ojos. Los enjuagó, y luego los secó con un delicado pañuelo de tela azulada. Me observó distante y con decoro, pretendiendo despejar mis dudas por completo. Me adelanté hacia él los escasos metros que nos separaban. Observé su figura toda recostada sobre el catre, inquieta y quejumbrosa. Le extendí mi mano derecha e invité a su cuerpo todo a erguirse junto al mío. Su ente corpóreo se manifestó crujiente y dolorosamente frente a mí. Ya enfrentados el uno con el otro, como si fuese una postal instantánea tomada por algún voyerista, nos fundimos en un candoroso y minimalista abrazo. ¡Nos aferramos el uno al otro con tanta fuerza que siquiera una bala de matarife ansioso habría logrado asesinarnos! En un microsegundo experimenté el valor de la risa y el llanto, venidos el uno al otro como el invierno precede, necesariamente, al estivo; y como el rocío al pétalo más húmedo; y como la sombra al sabio o iluminado. En un instante, todo ese frescor que nuestros corazones padecieron por años, siglos, minutos… cesó por completo. Subsistimos abrazados unos minutos eternos, con nuestras almas al desnudo. Siquiera escuchamos la próxima campanada aullar las 23:30 horas, sino hasta que retumbó en las paredes del cuarto, descascarando algunas otras en el exterior producto de las vibraciones.
Nos desprendimos con suavidad, como no queriendo terminar lo que, supimos, era inevitable. Nos rozamos el antebrazo hasta que, con laxitud, ambas extensiones fueron tomando su lugar en el aire, en los movimientos libres… hasta, por fin, sentir la esclavitud del cuerpo al que pertenecían. El suyo y el mío. Sentimos un desahogo pleno, emotivo. Observamos luego con liviandad el reloj que tenía Fritz en su mesada, sin cruzar miradas.
—… John Haxes fue el médico con más prestigio en la institución. Él y mi padre fueron los encargados de suministrar las dosis medicamentosas necesarias a los flojos y a los sobrepasados; a los pálidos y a los colorinches; a los condenados a un dolor eterno y a los hedonistas, a quienes todo extremo les cuaja como por magia alquímica. Pero me ocultó un lugar clave para que yo pudiera inmiscuirme de lleno en el proyecto, Siegfried. Y esas falacias no cicatrizan, mueren con uno. En el peor de los casos son embrión para futuros rencores. En el mejor, se olvidan y ya.
— ¿Llegaron a trabajar juntos en la máquina belicosa, entonces? —le inquirí.  ­
Fritz alisó sus ropas, tomando una actitud desafiante en su postura, y queriendo tener todo bajo control. Ello me pareció algo escabroso en el viejecillo, quien tras reiteradas visitas se me reveló como ambivalente emocionalmente; aunque pío, manifestación espiritual suya sobresaliente.
Se posó frente a la ventana bífora unos segundos. Luego se dio media vuelta. Me dejó a la deriva, con las intermitencias lumínicas apenas perceptibles en los automóviles que iban y venían a velocidades espasmódicas; los camiones con sus sirenas impacientes trasladando heridos; incivilizados destrozando vidrieras por doquier: indeciso y desordenado paisaje porteño. Unas lágrimas se me desprendieron del alma; y no fueron por el gran Müller
Caminó varios pasos, parsimonioso y en dirección hacia la mayestática camucha, donde finalmente aplastó su cuerpo.
—Todo estaba muy bien diseñado en la Usina. Cada uno de los trabajadores allí alistados tejía su urdimbre para aportar al proyecto su bienaventurado talento, educador y reparador de las morales desvencijadas. La puja que había entre fuerzas del Bien y del Mal requería la cohesión, Siegfried. Por eso es que allí dejábamos cada uno nuestro máximo esfuerzo. Por usted, por ellos…
»Ese fue el sentido que le encontramos nosotros a la vida dentro de la Usina. El trabajo, no por el futuro, sino por el presente. Uno que hacemos nosotros permanentemente. Jamás pude comprender a Bautista en toda su magnitud: él le dedicaba demasiado tiempo a Pantaleón, aparentemente. Muy pocas eran las veces en que mencionaba la máquina. Asimismo, era lógico que lamiese las botas de ese desgraciado. ¡Era su maldito verdugo! ¡Su sombra siniestra!
»Una tarde, mientras íbamos al depósito de materias degeneradas y chatarra obsoleta, John Haxes se acercó y me encomendó unas tareas. Me alejé un instante de ambos para su mayor comodidad y privacidad. Aun así, mi hipersensibilidad auditiva logró escuchar cada frase que disiparon las lenguas triquiñuelas que esos dos trovadores parlaron. “Comuníquele a Pantaleón que estaré llegando cerca del mediodía. Averigüe la presencia de diputados y senadores”, le propinó Bautista a Haxes. ¡Allí caí en la cuenta que el jeque de la logia aún vivía! De lo contrario, no iría mi padre a un lugar alejado de sus onerosas maquinaciones. “El diputado Diente de León asistirá con su esposa. Es el único que confirmó su presencia hasta el momento. Sabe… todo esto es un fiasco, don Bautista. Mientras nosotros nos esforzamos en que el proyecto tenga como santo patrono a San Ramón Nono, allí se nos mofan en nuestras narices con ese trato sátrapa y vanidoso que siempre han tenido hacia nosotros, viéndonos como mansos e infelices, y varones de poca monta. ¡No sé para qué demonios iremos allí! Sólo sé que piensa del mismo modo que yo, don Bautista… lo cual me genera una dicotomía entre lo que piensa y lo que es”, le ultimó Haxes a mi padre, con un leve gimoteo. A lo cual éste último respondió con una tonada muy cordial que “a eso mismo vamos, don Pantaleón. Lo que es para mí; también es para usted. Necesitamos negociar unas cuestiones administrativas con ‘el gordo’ de la camada. Luego nos iremos con la llave de la cámara transformadora, y así podremos finalizar lo nuestro con ese dinero, tan nuestro como de ellos. ¡Por fin nos vengaremos de ese granuja pestífero que nos ha estado bastardeando y empleando para sus intereses! ¡¡Lo esclavizaremos al trabajo eterno y sin descanso al haragán!! Aunque su clan sea el más fuerte, sé que podremos vencerlo. Se aseguró que Fritz no supiera nada de esto, ¿no, don Pantaleón?”, le demandó Bautista a su colaborador más próximo, con un susurro delator.
»Haxes parpadeó unos instantes pensando más en lo extraordinario y deleitoso que sería el parto de sus ideales y los de Bautista, que en la sandez que Müller le inquirió. Ya vuelto en sí, luego de un tilde de conmutador sobrecargado, respondió éste camarada suyo bien atento a la maniobra, y seriamente: “desde ya, don Bautista”, y pronto volvió a sus tareas.
»Cuando la charla llegó a su fin, sentí cómo mis pulmones dejaban de respirar oxígeno del más puro y renovador, ahogándome con el efluvio histriónico de esos dos hombres maduros. Desde aquél momento ninguna labor que desempeñé me fue grata. Cada día que pasaba mis tareas eran ejercidas con más monotonía que el anterior. El alma pareció habérseme desprendido por completo desde ese momento.
Fritz tomó la medicación que tenía en su pastillero. Fue la última que quedó. El reloj dio las 23:49.

viernes, 26 de abril de 2013

Indignación

¿Por qué estoy indignado? La pregunta debería ser si tendría que estarlo.
Bueno, una u otra, son de simple resolución finalmente.Sencillamente, lo estoy y ya.
Por eso decidí consultar a un analista acerca del inconveniente. No tenía tiempo de parlar conmigo mismo, menos con el sabelotodo cibernético. ¡Al carajo con las redes! Son harto innecesarias en ciertos momentos.
Sólo halla uno allí información y más y más información. Pero conocimientos logrados por aprehensión... ¡Ni hablar! El cero lo dibujaría a la perfección la luna llena de un estridente blanco manchado que acabo de ver... no hará más de dos horas, a las seis de la madrugada.
Información, vacíos, huecos, flúor, etc. ¿Y qué lugar queda para el conocimiento?
hasta ahora no lo sé. Yo mismo soy una postal de la ignorancia en estos momentos.
Pero como dije en el post anterior, «no, no lo haré», no me derrumbaré.
les dejo la charla con mi analista. Fue muy breve. No había tiempo para secretos ni escondidas pueriles. Todo urgía y era, por ello: inmediato.
«Estoy preocupado. Más bien, INDIGNADO. ¿Hasta cuándo deberemos todos sentir esta culpa doméstica y tan férrea, que hasta pareciera normal y coetánea y con tendencias a la recidiva en el futuro? Usted lo sabrá mejor que yo. No estudié el concepto "indignación", pero seguramente usted en todos sus años de estudio... sí, seguramente usted lo oyó...».
Aguardé su resolución frotándome las manos, desafiándola a ella y a mí mismo y al mismísimo fraude al que me estaba sometiendo al pretender que otro solucionara mis escollos íntimos.
«Levántese y ande. Tres años fueron excusa más que suficiente para su tratamiento. ya es hora que lo haga por usted y nadie más. AH. Tome. No le servirá de mucho, pero es un obsequio con alto valor espiritual. No, no piense. Si así lo hace, lo perderá. Saludos».
Aventó algo sin materia por el éter. Quedó pululando unos segundos, se desvaneció. Dejé de frotar mis manos y le di un abrazo ferroso.
Al diablo con Cronos y sus excusas temporales.
Tomé la ruta más sencilla, trabajar.

miércoles, 24 de abril de 2013

Nunca desistan


«El arte de vivir está en la felicidad». Tal frase me la susurró un artesano. Aquellos que deambulan por la vida, dando saltos, piruetas, o domando una bola con la mano… Con ella se hizo, según cuentan los niños soñadores, una voluptuosidad INMENSA, una bola de ENERGÍA PURA. Los astrónomos la llamaron «sol». Otros, no tan avivados por el candor de la estrella, grandilocuente ésta: «felicidad».
Al ver que tantos cuerpos se posaban sobre un prisma que apuntaba hacia el astro majestuoso con aros de plata, hurgando en su resplandor multicolor algo de alegría; hambre; dinero; y gloria, ¡por supuesto! Pues… en su honor, el Creador erigió la luna. ¡Era la misma tonada! Pero hecha por la noche, e iluminada por el candente lucero. Hasta la próxima mañana, primeriza y solitaria estrella… Creada aquella para quien el día no agrada —sólo atrocidades y angustias perciben unos, y terminan guareciéndose en una cajita plástica, sin oxígeno más que un tubo oxidado con mil sueños y esperanzas allí dentro represas; vaya vida la de esos tipos—.
Aun así, es otra luz, con otro rayo, y la misma canción: «felicidad».
El sol y la luna se vistieron de gala para brillar por siempre. «Nunca desistan»: ¡tal fue el decreto del Magnífico! A veces, hasta comparten un lugar en pleno día; aunque alejados. ¡No renuncian jamás a su peso! Es que sus fuerzas no están en la probabilidad, sino en las leyes exactas universales, y su gran libro de cabecera: la Naturaleza.
Alguna vez «Alguien» pensó que perdió su razón. La reservó debajo de sus sueños. Los reprimió a estos, y a sí mismo de pecador se jactó. ¡Lo creyó! Y él mismo negó el resto de sus días con ceguera y obstinación. Tal su voluntad en reversa, hecha con la razón ajena: la que usaba y no era.
No se atrevía a sentenciar lo que pensaba: ¡pues nadie le explicó ese apartado vital! Tampoco lo quería hacer, por temor al fracaso o al rechazo, no sabiendo que a prueba de errores y puros ensayos es como se aprende.
El acto se volvió creíble. ¡Fehaciente en timidez y reprimendas hacia sí mismo! Algunas veces violentaba su cuerpo, maltrecho por la mala raíz que ningún chamán, especialista en la materia, logró extirpar.
Era un tanto vanidoso en la personificación del amor-objeto —amor parcializado—; al cual rehuyó hasta el punto de querer no adherir a él nunca más… Pero esas ya son otras aventuras, en las cuales el tórrido personaje nos sumergirá.
¡Nada pasaba inadvertido para ese sujeto! Siempre intentando buscar en lo humano más explicación de la que… naturalmente había. «Alguien». Ese era el nombre de la mentira vívida.
Todo ello sumergió a nuestro personaje en la carencia de responsabilidades. En el consumarse, lentamente y sin sabor; día tras día; silencio tras silencio; caída tras caída. ¡Y allí es cuando comienza todo egoísmo mal encausado! Se confunden los comportamientos, sabiéndonos cómplices en tal confusión, no queriendo cambiar algo en absoluto. ¿Por qué? Por temor a perder la vieja viga que sostenía nuestra estructura toda. Nos engañamos, entonces, y nos engañan, pues; siendo la razón nuestro embelesamiento egregio sin conexión espiritual. Bien lo ha sabido Adolfo durante su calvario, por él mismo maniatado, y en una pesada cruz al hombro cargado. La debilidad le impidió al personaje quebrar sus temores, los cuales, finalmente, han llevado a Leonor a la tumba más calamitosa que algún ser soñara día alguno.
¿Pensamos alguna vez qué es la mentira? Si la verdad la creo: es porque confío en lo que se dice o ve; o cree uno que es. Y si hay confianza: hay credibilidad. Pues si el acto es sincero: hay entendimiento y fiabilidad. Así se forman los sistemas de creencias, dicho muy fogosamente y sin demasiada explicación, en las relaciones interpersonales. A veces no es necesario ver para creer, bastando sólo la fe: hacia un sujeto, hacia un partido, hacia un pontífice, hacia una religión, hacia una magia extraña.
Entonces, la mentira es lo fingido y rechazado. Ello que creemos pero no dice nada de nosotros. O bien, lo que no reconocemos. Es decir, aquello que es como es y no tiene otra explicación más que el hecho de ser, pero negamos en nosotros mismos. No lo toleramos, entonces no lo aceptamos; y cuan ciegos, lo obviamos. ¡Es perder la vieja viga para ganar otra! Y nadie quiere eso. Es más fácil el confort que el sopor del trabajo en pos de algo mejor.
No es sustancial, sino más bien frívola. No ama, más bien hiere; zahiere y algo indigno pretende. No ambiciona, codicia. No une, enajena. No comparte, envidia y con ello se desluce. No aclara, confunde. No es sincera, es apócrifa.
Nos escudamos detrás de mil y una máscaras. Pero ningún mortal, a menos que esté decidido, podrá — ¡rasgando una por una!— llegar a su interior y henchir allí sus dedos pecaminosos hasta abolir su existencia, horrorosa por angustiante; suprimiendo así la totalidad de la vida: lo que une y desune, lo que se luce y lo que desluce. Es que todo está en un mismo calabozo: la vida. Ella es bella y es fea. Ella es todo. Por eso no hay nada que temer, sino más bien demasiado por labrar, ¡y todo por inventar!
Somos lo que pensamos y decidimos ser. No hay nada perpetrado. Ello es mucho más que nuestra personalidad o carácter. Es la libertad, a la cual estamos condenados. Es la voluntad quien insta a conocernos desde nosotros mismos, pasando por el otro, uno quien, al fin y al cabo, es otra libertad como nosotros; pensando y haciendo para proyectarnos hacia nuestra unicidad. Por encima de los hombros y debajo de la cintura hay más que palabras: hay hechos. Hay seres humanos.
Evidentemente, el ser es un organismo vivo. Y lo que vive, consecuentemente: BUSCA VIDA. ¡Más que ella misma para florecer, pues el sol mira desde arriba! Más que su ego para expresarse y de ideas empacharse. ¡Más que el desprecio para amar al inanimado! La vida es como una planta: busca luz. Aun así, también necesita no ser invadida directamente por ella. Porque, caso contrario, estaría demasiado expuesta y se marchitaría a causa de excesos. 
Aquí hay un harem de personalidades que conviven con una aún mayor: la suya. Pero cuando las otras turban a la propia,  el sueño individual y colectivo se dilata. El amor se revierte. El libro regresa a la página anterior y le dice al escritor que no hay más nada que contar. « ¿Qué habrá escrito el hombre en su galpón?». Pues no había tal escenario. Sólo una creación. Una ficción. Empezó como un juego. « ¡Pero la vida no es un juego!», me dijeron, con convicción y reprimenda. Lo creí. « ¡No será nunca un juego!», reafirmé para mí mismo. «Al menos no la vida; sí determinadas circunstancias», retruqué. ¿Entonces?
Cuando un niño juega esboza despreocupación y ríe amor. ¡Siente la vida! No la razona. Por ello es que no se hace responsable. Solo quiere jugar. ¡Es inocente, es sincero, y le importa un bledo la reacción ajena! La vida le es desconocida por cuestiones etarias; pero su espíritu, ¡él está pleno de Verdad!: su acto es franco y no encubre, sino que por curioso algo nuevo siempre descubre. Innatamente se dispone a investigar el orden de las cosas, el porqué de las mismas y cómo es que se accionan algunas y por qué no otras. Es creativo y tiende a adaptarse. Para ello los guías serán su piedra angular y baluarte. La familia, un refugio. La escuela, un puente entre aquella y la sociedad. Ésta última, su desafío. La naturaleza, su tesoro divino a preservar, su hábitat. Y la vida, el material con que deberán edificar su propia casa para permitir a otros hacer lo mismo con la suya.
Desde pequeños ansiamos conocer y socializarnos. Otros, en cambio, son destructivos. El juego no les es permitido. ¿¡Es que se lo restringen!? Porque el miedo a dejar ser es tan grande… que nada ni nadie puede ser, sin antes limitar a otro su esencia —una que, naturalmente, no es la de vainilla; solía decirnos una austera profesora de filosofía—. Así, el exterior nos quiere arrastrar con sus cadenas hacia el fango del olvido propio… cohibiéndonos y achicharrándonos hasta ser una lejana estela en el horizonte. Sin dueño, obedientes y dependientes. Apegados, y obligados al apego…
Cuando el niño se vuelve joven, la vida se le presenta de distinta forma que cuando infante. Hurga en el pecado, en el límite entre lo que quiere y lo que otros pretenden que él haga; también en el olvido, que luego se hace recuerdo de sí-mismo: ¡es que no quiere hacer lo que otros, sino lo que él para sí proyecta! Y ahí se derriba toda teoría amnésica: pues el olvido no es más que represión y miedos, puestos por otros, pero tarea suya la de tomar coraje para aventarlos al excusado más cercano.
La memoria y el recuerdo son acción transgresora, rebeldía y flujo constante para la nivelación emocional. Aparecen así los primeros síntomas de moralidad que se intentan transgredir. Se proyecta la propia imagen, y por ende, su sistema moral.
¡Piensa que vivir es una prohibición sentenciada por los infiernos! Que «por mi culpa, por mi gran culpa» pasa el dilema del cristianismo y su vida dogmática; ¡todo en torno al dolor y sometimiento a quien sucumbió por nosotros! Pero aún no está preparado —el joven que adolece— para pensar que aquél no se derrumbó. ¡Aún vive! Porque su nombre fue y es Amor. También lo llamaron Maestro. Los matices son los mitos de su figura, vilmente idolatrada. ¡Pues los ídolos son materia, vanidades! Y siempre mueren. En cambio, los hechos quedan. Y sus enseñanzas son un fiel reflejo de ello.
Pasan los años. ¡El anciano nos gana la pulseada! Su figura es una eternidad. Es miles de vidas dilapidadas en pos de un ideal. Su parlamento es el de una multitud, que se pierde en el horizonte por más turba que, a su vez, se hace más y más regordeta, para dar lugar a más y más espectáculo… ¿¡La vida es ahora un festín de personalidades y aventuras!? El gaucho es un estandarte para la Nación. ¡Esa efigie es lo que somos! Al bravo jinete sureño es a quien amamos. Entonces: ¡tomemos nosotros las riendas del viejo perisodáctilo, y rejuvenezcámoslo!
Los tres actos son una constante. El niño-joven-anciano. Como una espiral sinfín. El amor-desencanto-transformación. Todo ello forma parte en un idilio que clama por más que un juego: ¡por la razón! Ella procura no aventurarse impetuosamente; sino ser responsable y previsora. ¡Ella no contiene lágrimas!: las purga para regenerar el sudario con sales más puras (en éste punto se entrelazaría con las emociones formidablemente). Ella no responde intempestivamente; comprende y aguarda. Ella no duerme: yace siempre erguida, ¡y en sueños nos anuncia que está viva! Pues el ensueño… ¡Nuestra vida es un espejismo constante! Sin él no habría ingenio. Sin ingeniería no habría técnica. Y sin ella no existiría la industria. Si la entelequia somnífera fue programada por un lunático efervescente; no lo sé. Si la vida fue un fuerte anhelo de alguna mente…
El cándido viejecillo es el anhelo de quienes pretenden dominar el globo, sin ser amos ni esclavos, sino una parte, aunque omnipotente; con poder hacia el exterior, pero con temor a ver en su interior. Y allí es cuando la vida de esos avejentados se aplasta, tornándose rancia y sosa.
La vida del octogenario Müller transcurre en una confusión perenne e incurable. La desdicha y el engaño. ¡El valor por recuperar lo que en la más tierna edad le fue negado! Aun no siendo perfecto, el cándido viejecillo nos demuestra que al final siempre reina la esperanza. Muchas veces bastardeada, y otras a un lado dejada. Pero para todos desde la más tierna infancia anclada…
No quisiera ocupar más espacio decretando al geronto-hombre. Todo lo pertinente a saber está en las páginas que han de leer o han leído ya; habiendo salteado ésta breve introducción con poco sentido por mí establecida, en lo que a riqueza de contenido se refiere. Quizá sólo pretendí llenar algunas ramificaciones más en su agobiada memoria troncal para que recuerden algunas de mis sentencias, en la primera edad madura decretadas.

martes, 23 de abril de 2013

No lo haré

No desesperarse ni un poco. Ese es el camino que me llevará hacia algún lugar.
Así lo escucho en una radio.
Así lo sostengo.
Estoy con los brazos caídos.
Pero no claudicaré.
No. No lo haré.

viernes, 19 de abril de 2013

die Übergabe

«No, gracias. No tengo ganas. No creo que quiera. ¡¿Le parece!? Lo comprendo totalmente, pero no; gracias». Así son las respuestas en aquellas chácharas cuya persuasión es fallida. Ruedan y ruedan éstas tantas veces como primaveras ha tenido la religión, entre agosto y septiembre, pero festejada en diciembre.
El bostezo se hace presente. Y qué más da… querer no es ganar, mucho menos una decisión, sino más bien un capricho. Y triunfar tampoco es ganar, sino dar un paso más, uno tan estrecho como el ojal de una aguja. El camino se hace andando, como Lázaro lo hizo, pues: caminando.
—Señor; sí: ¡al destino! —dije y chisté—. Sí: a usted le hablo —redije—. ¿No ha pedido acaso que le invente una historia para que su padre duerma por las noches y vague durante el día? Pues he aquí una maravillosa, encantadora: ¡la interpretan un rey, tres niños y una fiera! —lancé sin más vueltas el asunto.
Hubo una ronda jocosa en derredor de las vides y los ciervos, los camellos y las águilas; y todos los animales del pueblo se acercaron, uno a uno, a escuchar mi palabra, con brío y atención.
Les narré cómo el primer bufón se acercó al rey. Le vomitó unas incoherencias que ni mueca expandieron en el monarca. Se le antojó algo tosco el bufoncillo, y sardónico su relato; así que tacharon su nombre. Como recompensa le incendiaron su galante sombrero —para obsequiarle uno más harapiento en señal de regocijo hacia su humor poco interesante. Tanto… ¡que incluso el palacio tomó vida propia inclinándose y abrigando el rubor que su sonrisa dejó entrever!—.
Pasó el siguiente. Éste era un trovador de mil lenguas desconocidas. Comenzó balbuceando tres sílabas y dos letras del abecedario. Luego, una palabra que quebró los oídos más sensibles del palacio: «demo»; finalizando con otra que, inocentemente dicha, desdibujó su vida: «gracia». El pobre no supo ni se imaginó jamás que su mala dicción lo llevaría hasta el lecho más tierno… el calabozo de las almas apenadas, el cielo de los inocentes condenados, el infierno de los bardos: una prisión sin fónica para un trovador ya silenciado, ¡pero con una retórica…! Vaya ingratitud para con él.
Un último personaje se le acercó, irreverentemente, al timorato rey. Era una fiera algo torpe en su andar. Sacudía sus patas traseras como un potrillo molesto. Aunque también emitía un sonido sufriente tan agudo como un pitido, y más desesperante que un crematorio de gentes vivas. Parecía todo esto un arte trabajado ingeniosamente desde su interior, con una trompeta que trocaba cada grito de auxilio, perpetrado por la víctima angustiosamente en melodías rústicas. Destartalado y grosero, éste ente se presentó ante el absoluto, quien observó sin piedad y con azote en mano a aquella fiera indomable. Dijo el comediante paquidermo, con infantilismos: « ¿Y tú? ¿Qué pretendes sultán carroñero para la humanidad? ¿Acaso debo quitarte una sonrisa? ¿O el oro de tu reino? Lo haría con sumo placer, pero debería antes fulminarte para ganar lo que con tu abrigo pretendo».
El soberano no comprendió cómo alguien de tal pequeñez pudo levantarle una perorata tan insolente como aquella. Quedó confuso y renuente.  En cambio, ¡el mamífero estaba impaciente! Pues le gustaba la expedición en toda maniobra. Mas el rey… pues era algo tardo en sus acciones. Sucede que tres niños ansiosos formaban parte del disfraz.
Respondió el bicho cuadrúpedo al silencio y hostilidad absolutistas con una expresión endemoniada y con una risa chabacana mofándose del zar. Luego se inclinó con un gesto indecoroso sobre la alfombra del palacio.
Posteriormente, sus ojos se posaron, con dramatismo, frente a los del siniestro autoritario; quien, por fin, atinó a desafiar a los irrespetuosos.
El caballo tripartito le habló al de la corona oxidada. «Déjame verte de revés, rey. Es necesario que lo haga para que vuestra historia… ¡lo encante como un mago haría y lo maraville cuan si viera a un manco pintando con sus pies y boca y…! A ver… déjame verte al revés, rey».
Se negaba éste. ¡Seguía inmóvil! «Te lo rogamos nosotros, tus hijos y una mujer que tuya no es».
El monarca se impaciento cada vez más. Como es lógico en tales cuestiones, en el palacio nadie tuvo reacción alguna más que la chocarrería gesticular o la seriedad. ¡El rey estaba pasmado y silencioso! « ¡Por la fuerza hercúlea monarca popular! Soy yo: ¡¡tu consejera!! Fiel a tus bondades, envidiosa de tus poderes, y vanidosa para con todos ustedes: ¡súbditos!». Se refirió a ellos con tal desprecio… que el caballo tuvo que segregar sus partes para dejar ver toda su figura por separado.
« ¡Que para algo tienes la voz, desdichado! Sin diálogo no hay respuesta. Menos soluciones. Y aun así… sigues estupefacto ante mi actitud. Eres la miseria que todo reino debería erradicar, abominable y execrable ramillete coronado… ¡polvo eres, y a la tierra te irás! Que mi pulcritud refleje tu inmundicia, soberano de gacetilla y cuerdo demente».
No hubo caso. El rey, ya depuesto y con la vergüenza de quien teme exhibir el tamaño de sus prominencias físicas frente al vulgo, observó al palacio, de reojo y sonrojado y peculiarmente espantado.
En alguien de gran tamaño, tal pequeñez fue inviable. Sin saber que la vista fue más gorda que lo habitual en torno suyo, se dio media vuelta e intentó en vano huir. Dejó caer su capa, lentamente. Entregó la corona al bufón; el cetro de mando al trovador; y su espalda a los espectadores. Ya no más súbditos, sino testigos de su auto deposición.
Se acercaron luego sus hijos. Le dieron un fuerte y franco abrazo. Finalmente, la mujer hizo su aparición. ¡El templo se oscureció y la tierra tembló! El rey les dijo: « ¡el templo se hundirá junto con todos ustedes!».
Lo demás es imaginación, puritana, laica, religiosa, casta, morbosa, pecaminosa, etc., etc., etc.
Pero hay varias pistas. En primer lugar: al monarca no lo azotaron ni tampoco lo golpearon. ¡Quizá siquiera le hayan asesinado!
En segundo lugar, ¡el público que asistió a la audiencia del palacio rio como nunca! Y gastó tanto aplauso como oro tenía el relicario. ¡El mismísimo palacio se inclinó una vez más! ¡Pero con tanto regocijo ésta vez!, que un calambre en su bóveda áurea lo infartó. ¡Volaron Miguel Ángel, la virgen deípara, y todos los santos y vitrales que allí había con mano talentosa decorados, todos al carajo!
Así ultimé mi relato. ¡Todos los animales lo corearon sin cesar!
Como moraleja, les recordé que para erigir, antes es necesario destruir.

La entrega

Los fragmentos del cuerpo


«Los fragmentos del cuerpo»
Sinopsis

Siegfried es un joven que está en la búsqueda de su yo. Para tal aventura, él ya tiene asignado a su mentor. Él es Domingo Benigno Müller, un cándido viejecillo que reside en un nosocomio ubicado en pleno centro porteño.
Al principio, ni uno ni otro parecen interesarse mutuamente. Pero se sienten atraídos por algún misterio físico y universal.
Domingo delira, como todo viejo en agonía; y Siegfried, él piensa que puede resolver todo por sus medios.
Siegfried cuenta con retazos de la vida de Domingo: cartas, fichas médicas escritas, diarios, revistas, etc. Todos recuerdos olvidados por el gran Müller, producto de los pseudo dioses que los médicos de cabecera le recetaban diariamente, con un único fin: olvido completo de sí mismo, y esclavitud perpetua. Así, Siegfried comienza a interesarse por la historia oculta de Domingo, ayudándolo a recordar por medio de los recuerdos…
Inmediatamente, el joven ve su paciencia para con Domingo agotada. Lo deja a su merced, sumergiéndose él en unos exquisitos viajes ficticios y reales, que transcurren en el seno de una ciudad en plena guerra civil. Una que presenta dos contraposiciones: los que se divierten, y los que sufren. La pobreza, y los que ostentan. Los contrastes son una constante en la historia.
Pero es un sueño lo que conduce a Siegfried hacia Domingo, nuevamente. Una aventura con Dios, producto ello de la fiebre del amor.
Con Él culminará la búsqueda de nuestro personaje, pasando así al encuentro de sí mismo; y ayudando al cándido viejecillo a hacer lo mismo con su vieja y apenada alma.
Domingo nos sumergirá en una historia de vida incógnita, vilmente desgarradora. Su «máquina de guerra» cobrará el protagonismo de la historia, develándole al mismísimo Siegfried un secreto ardientemente cifrado por años.
Finalmente, nuestro personaje principal, el valeroso Siegfried, consigue la meta por él tan ansiada.  

lunes, 15 de abril de 2013

Un obsequio: «Los fragmentos del cuerpo»

Vuelvo a versar en esta hoja en blanco para apabullar al cuarto transformador de las mentes humanas en cuanto a audiencia refiero.
Está todo demasiado corrupto... 
Tengo el agrado de comentarles un cuestión importante para quienes frecuentan este blog. Tengo unos fragmentos de vida para ofrecerles... son de una pintoresca novela de ficción llamada: «Los fragmentos del cuerpo». Si desean más información al respecto, pues pregunten. Sus dudas serán bienvenidas.
Espero que disfruten lo que les dejo aquí debajo. Así comienza...


«Debo vomitar cruda — ¡Y TAN GROSERAMENTE!— mis palabras mundanas y despreciables en vuestros oídos, cansados de melancólicas verdades y fatales mentiras que sólo enmudecen el espíritu… ¡OH!, misericordiosa melodía aria… ¡aparecen con sus trompetas triunfales el rey y sus bufones, todos fuera del castillo! ¡Lo exigieron, lo demandaron, y lo consiguieron! Ellos, los sometidos.
» ¡Beban el vino del hálito sacro y acudan a la Santa Cena!, celebrada por los mártires del sacerdocio hereje. Medusa, sanguijuela sangrienta y hambrienta, siempre en la víspera de nuevas heces, contaminadas con nuestro venerable espíritu: ¡¡¡tú buscas propagar el virus del hambre, el odio y la malaria en tu colonia!!! Haré que revientes junto con tus tripas, repulsivas de tanto bombo y sangre que dejas entrever desde tu cochina covacha.
»Sin embargo, ella no acata órdenes: sigue mis instintos. La profecía que escribe mi mano incoherente. Medusa es obediente ¡Nadie escuchó el trazo fuerte por las diáfanas y gastadas madrugadas! ¡Ardan ahora los siete cielos y luego enmudezcan a lo verdadero!
» ¡¡¡Escuchad: el jorobado rechina como caballo, habla cuan cabra y gime como hembra en celo mientras es pasionalmente poseído por un arlequín zamacuco!!! “Abad Juan Carlos, proceda a incinerarme en la hoguera. Me considero hereje por haber desmentido el crimen del abad Pablo. Sé que será injusta mi pena, ya que él quería librarse de ustedes; y ustedes… tan solo acudieron a negar su pedido. ¿¡Por eso maté!? ¡Por la libertad de un peregrino a quien nadie comprendió!”. Así sabe la justicia humana manejada por leguleyos.
»La manzana es el fruto más delicioso. Puedes con el hacer pastel y comerla sin ser manjar de dioses; verde o roja, cualquiera sea tu forma: ¡eres bella y asequible, pomácea fruta comestible! Aun así, tan ordinaria y por el probabilístico mundo contaminada: ¡mira cuán poderosa eres, sublime poma, que tan fácilmente envenenas espíritus puros como los que el creador envió para todos nosotros!
» ¡¿Ven cuán corroído está el centro del centro por las manos del hombre y su pensamiento?! ¡Mi odio se alimenta de su desprecio hacia la perfección! Esperen… oigo campanas. ¡Y alaridos! ¡¡Y alertas que no dejan de sonar, con bombas de estruendo y sirenas, desde un viejo edificio porteño!! ¿¡Algo está pronto a salir de un cascarón!? ¡Lo anuncian como a un dios! ¡Por los puños hercúleos!: ¿¡han creado una bestia!? ¡Es racional e instintiva! Sigue pasiones, corruptas y confusas, y son muy endebles, a pesar de su grandeza por su talla empequeñecida. ¡Por el Santo Grial!: ¿¡qué demonios han hecho!?
»Baco alzó su mano para tomar nota de los alistados en su festín —que celebraba tal jolgorio internacional— y… ¡y ya no hablaba de esas exaltaciones suyas a modo de bocadillo para sus diáconos! Irremediablemente, algo iba mal. Jamás he aceptado tal burla a las interpretaciones —cínicas— sobre un trastorno. Nosotros somos conejillos y… y contra la gran máquina jamás, ¡jamás venceremos! A menos que lo quisiéramos…
»Ah… Ahora solo me regocijo con la idea de texturas mixtas sobre una circunferencia móvil, en la cual soy fiel adherente a que un gran cambio acontezca. Una fraternidad, fruto entre sombra y luz, deberá unir sendos polos para que el triunfo se concrete. ¡¿Acaso no lo ven?! ¡¡Han destruido el arte para degenerarlo!! Lo han confundido con la belleza: ¡y han creado otra bestia! Sin embargo, el arte aún vive. Y lo bello es que mientras así sea: reirá y reirá y reirá y…
»Morbosos, infieles y confusos: ¡¡ABRAN ESOS OJOS VERDADEROS!! Serán el faro en su cuerpo. El mismo que cada mañana les recuerda que no están solos. ¡Es que así se vence la flaqueza y el temor! El mar seguirá creciendo y nosotros más pronto iremos languideciendo y ahogándonos, para que luego, con nuestra quietud, los retoños continúen viendo el mar crecer y crecer y crecer y…».
Estas memorias las conservé por mucho tiempo. Se soltaron de sus puños, irreverentes, mientras descansaba en un camastro tan añejo como un vino que sobrevivió a cien guerras.
El cándido viejecillo parecía un anillo de Saturno, delirante y frenético, allí, en su vieja tapera anclado. ¡Él siempre estaba ahí! Su sombra se paseaba, empinada y soberbia, por las altas paredes de la habitación. ¡Y apenas si se doblegaba un tanto su espina para ceder a la debilidad!