«El arte de vivir está en la felicidad». Tal frase me la susurró un
artesano. Aquellos que deambulan por la vida, dando saltos, piruetas, o domando
una bola con la mano… Con ella se hizo, según cuentan los niños soñadores, una
voluptuosidad INMENSA, una bola de ENERGÍA PURA. Los astrónomos la llamaron «sol».
Otros, no tan avivados por el candor de la estrella, grandilocuente ésta: «felicidad».
Al ver que tantos cuerpos se posaban sobre un prisma que apuntaba hacia
el astro majestuoso con aros de plata, hurgando en su resplandor multicolor
algo de alegría; hambre; dinero; y gloria, ¡por supuesto! Pues… en su honor, el
Creador erigió la luna. ¡Era la misma tonada! Pero hecha por la noche, e
iluminada por el candente lucero. Hasta la próxima mañana, primeriza y
solitaria estrella… Creada aquella para quien el día no agrada —sólo
atrocidades y angustias perciben unos, y terminan guareciéndose en una cajita
plástica, sin oxígeno más que un tubo oxidado con mil sueños y esperanzas allí
dentro represas; vaya vida la de esos tipos—.
Aun así, es otra luz, con otro rayo, y la misma canción: «felicidad».
El sol y la luna se vistieron de gala para brillar por siempre. «Nunca
desistan»: ¡tal fue el decreto del Magnífico! A veces, hasta comparten un lugar
en pleno día; aunque alejados. ¡No renuncian jamás a su peso! Es que sus fuerzas
no están en la probabilidad, sino en las leyes exactas universales, y su gran
libro de cabecera: la Naturaleza.
Alguna vez «Alguien» pensó que perdió su razón. La reservó debajo de sus
sueños. Los reprimió a estos, y a sí mismo de pecador se jactó. ¡Lo creyó! Y él
mismo negó el resto de sus días con ceguera y obstinación. Tal su voluntad en
reversa, hecha con la razón ajena: la que usaba y no era.
No se atrevía a sentenciar lo que pensaba: ¡pues nadie le explicó ese
apartado vital! Tampoco lo quería hacer, por temor al fracaso o al rechazo, no
sabiendo que a prueba de errores y puros ensayos es como se aprende.
El acto se volvió creíble. ¡Fehaciente en timidez y reprimendas hacia sí mismo!
Algunas veces violentaba su cuerpo, maltrecho por la mala raíz que ningún
chamán, especialista en la materia, logró extirpar.
Era un tanto vanidoso en la personificación del amor-objeto —amor parcializado—;
al cual rehuyó hasta el punto de querer no adherir a él nunca más… Pero esas ya
son otras aventuras, en las cuales el tórrido personaje nos sumergirá.
¡Nada pasaba inadvertido para ese sujeto! Siempre intentando buscar en lo humano más explicación de la que…
naturalmente había. «Alguien». Ese era el nombre de la mentira vívida.
Todo ello sumergió a nuestro personaje en la carencia de
responsabilidades. En el consumarse, lentamente y sin sabor; día tras día;
silencio tras silencio; caída tras caída. ¡Y allí es cuando comienza todo
egoísmo mal encausado! Se confunden los comportamientos, sabiéndonos cómplices en
tal confusión, no queriendo cambiar algo en absoluto. ¿Por qué? Por temor a
perder la vieja viga que sostenía nuestra estructura toda. Nos engañamos,
entonces, y nos engañan, pues; siendo la razón nuestro embelesamiento egregio
sin conexión espiritual. Bien lo ha sabido Adolfo durante su calvario, por él
mismo maniatado, y en una pesada cruz al hombro cargado. La debilidad le
impidió al personaje quebrar sus temores, los cuales, finalmente, han llevado a
Leonor a la tumba más calamitosa que algún ser soñara día alguno.
¿Pensamos alguna vez qué es la mentira? Si la verdad la creo: es porque
confío en lo que se dice o ve; o cree uno que es. Y si hay confianza: hay
credibilidad. Pues si el acto es sincero: hay entendimiento y fiabilidad. Así
se forman los sistemas de creencias, dicho muy fogosamente y sin demasiada
explicación, en las relaciones interpersonales. A veces no es necesario ver para creer, bastando sólo la fe:
hacia un sujeto, hacia un partido, hacia un pontífice, hacia una religión,
hacia una magia extraña.
Entonces, la mentira es lo fingido y rechazado. Ello que creemos pero no
dice nada de nosotros. O bien, lo que no reconocemos. Es decir, aquello que es como es y no tiene otra explicación
más que el hecho de ser, pero negamos en nosotros mismos. No lo
toleramos, entonces no lo aceptamos; y cuan ciegos, lo obviamos. ¡Es perder la
vieja viga para ganar otra! Y nadie quiere eso. Es más fácil el confort que el
sopor del trabajo en pos de algo mejor.
No es sustancial, sino más bien frívola. No ama, más bien hiere; zahiere
y algo indigno pretende. No ambiciona, codicia. No une, enajena. No comparte,
envidia y con ello se desluce. No aclara, confunde. No es sincera, es apócrifa.
Nos escudamos detrás de mil y una máscaras. Pero ningún mortal, a menos
que esté decidido, podrá — ¡rasgando una por una!— llegar a su interior y
henchir allí sus dedos pecaminosos hasta abolir su existencia, horrorosa por
angustiante; suprimiendo así la totalidad de la vida: lo que une y desune, lo
que se luce y lo que desluce. Es que todo está en un mismo calabozo: la vida.
Ella es bella y es fea. Ella es todo. Por eso no hay nada que temer, sino más
bien demasiado por labrar, ¡y todo por inventar!
Somos lo que pensamos y decidimos
ser. No hay nada perpetrado. Ello es mucho más que nuestra personalidad o carácter.
Es la libertad, a la cual estamos condenados. Es la voluntad quien insta a conocernos
desde nosotros mismos, pasando por el otro, uno quien, al fin y al cabo, es
otra libertad como nosotros; pensando y haciendo para proyectarnos hacia
nuestra unicidad. Por encima de los hombros y debajo de la cintura hay más que
palabras: hay hechos. Hay seres humanos.
Evidentemente, el ser es un organismo vivo. Y lo que vive,
consecuentemente: BUSCA VIDA. ¡Más que ella misma para florecer, pues el sol
mira desde arriba! Más que su ego para expresarse y de ideas empacharse. ¡Más
que el desprecio para amar al inanimado! La vida es como una planta: busca luz.
Aun así, también necesita no ser invadida directamente por ella. Porque, caso
contrario, estaría demasiado expuesta y se marchitaría a causa de excesos.
Aquí hay un harem de
personalidades que conviven con una aún mayor: la suya. Pero cuando las otras
turban a la propia, el sueño individual
y colectivo se dilata. El amor se revierte. El libro regresa a la página anterior
y le dice al escritor que no hay más nada que contar. « ¿Qué habrá escrito el
hombre en su galpón?». Pues no había tal escenario. Sólo una creación. Una ficción.
Empezó como un juego. « ¡Pero la vida no es un juego!», me dijeron, con
convicción y reprimenda. Lo creí. « ¡No será nunca un juego!», reafirmé para mí
mismo. «Al menos no la vida; sí determinadas circunstancias», retruqué. ¿Entonces?
Cuando un niño juega esboza despreocupación y ríe amor. ¡Siente la vida!
No la razona. Por ello es que no se hace responsable. Solo quiere jugar. ¡Es
inocente, es sincero, y le importa un bledo la reacción ajena! La vida le es
desconocida por cuestiones etarias; pero su espíritu, ¡él está pleno de Verdad!:
su acto es franco y no encubre, sino que por curioso algo nuevo siempre
descubre. Innatamente se dispone a investigar el orden de las cosas, el porqué
de las mismas y cómo es que se accionan algunas y por qué no otras. Es creativo
y tiende a adaptarse. Para ello los guías serán su piedra angular y baluarte.
La familia, un refugio. La escuela, un puente entre aquella y la sociedad. Ésta
última, su desafío. La naturaleza, su tesoro divino a preservar, su hábitat. Y
la vida, el material con que deberán edificar su propia casa para permitir a
otros hacer lo mismo con la suya.
Desde pequeños ansiamos conocer y socializarnos. Otros, en cambio, son
destructivos. El juego no les es permitido. ¿¡Es que se lo restringen!? Porque
el miedo a dejar ser es tan grande…
que nada ni nadie puede ser, sin
antes limitar a otro su esencia —una que, naturalmente, no es la de vainilla;
solía decirnos una austera profesora de filosofía—. Así, el exterior nos quiere
arrastrar con sus cadenas hacia el fango del olvido propio… cohibiéndonos y
achicharrándonos hasta ser una lejana estela en el horizonte. Sin dueño,
obedientes y dependientes. Apegados, y obligados al apego…
Cuando el niño se vuelve joven, la vida se le presenta de distinta forma que cuando infante. Hurga en el
pecado, en el límite entre lo que quiere y lo que otros pretenden que él haga;
también en el olvido, que luego se hace recuerdo de sí-mismo: ¡es que no quiere
hacer lo que otros, sino lo que él para sí proyecta! Y ahí se derriba toda
teoría amnésica: pues el olvido no es más que represión y miedos, puestos por
otros, pero tarea suya la de tomar coraje para aventarlos al excusado más
cercano.
La memoria y el recuerdo son acción transgresora, rebeldía y flujo constante para la nivelación emocional. Aparecen
así los primeros síntomas de moralidad
que se intentan transgredir. Se
proyecta la propia imagen, y por ende, su sistema moral.
¡Piensa que vivir es una prohibición sentenciada por los infiernos! Que «por
mi culpa, por mi gran culpa» pasa el dilema del cristianismo y su vida
dogmática; ¡todo en torno al dolor y sometimiento a quien sucumbió por nosotros!
Pero aún no está preparado —el joven que adolece— para pensar que aquél no se
derrumbó. ¡Aún vive! Porque su
nombre fue y es Amor. También lo
llamaron Maestro. Los matices son los mitos de su figura, vilmente idolatrada. ¡Pues
los ídolos son materia, vanidades! Y siempre mueren. En cambio, los hechos
quedan. Y sus enseñanzas son un fiel reflejo de ello.
Pasan los años. ¡El anciano nos gana la pulseada! Su figura es una
eternidad. Es miles de vidas dilapidadas en pos de un ideal. Su parlamento es
el de una multitud, que se pierde en el horizonte por más turba que, a su vez,
se hace más y más regordeta, para dar lugar a más y más espectáculo… ¿¡La vida
es ahora un festín de personalidades y aventuras!? El gaucho es un estandarte para
la Nación. ¡Esa efigie es lo que somos! Al bravo jinete sureño es a quien
amamos. Entonces: ¡tomemos nosotros las riendas del viejo perisodáctilo, y
rejuvenezcámoslo!
Los tres actos son una constante. El niño-joven-anciano. Como una espiral
sinfín. El amor-desencanto-transformación. Todo ello forma parte en un idilio
que clama por más que un juego: ¡por la razón! Ella procura no aventurarse impetuosamente;
sino ser responsable y previsora. ¡Ella no contiene lágrimas!: las purga para
regenerar el sudario con sales más puras (en éste punto se entrelazaría con las
emociones formidablemente). Ella no responde intempestivamente; comprende y
aguarda. Ella no duerme: yace siempre erguida, ¡y en sueños nos anuncia que
está viva! Pues el ensueño… ¡Nuestra vida es un espejismo constante! Sin él no
habría ingenio. Sin ingeniería no habría técnica. Y sin ella no existiría la
industria. Si la entelequia somnífera fue programada por un lunático
efervescente; no lo sé. Si la vida fue un fuerte anhelo de alguna mente…
El cándido viejecillo es el anhelo de quienes pretenden dominar el globo,
sin ser amos ni esclavos, sino una parte, aunque omnipotente; con poder hacia
el exterior, pero con temor a ver en su interior. Y allí es cuando la vida de
esos avejentados se aplasta, tornándose rancia y sosa.
La vida del octogenario Müller transcurre en una confusión perenne e
incurable. La desdicha y el engaño. ¡El valor por recuperar lo que en la más
tierna edad le fue negado! Aun no siendo perfecto, el cándido viejecillo nos
demuestra que al final siempre reina la esperanza. Muchas veces bastardeada, y
otras a un lado dejada. Pero para todos desde la más tierna infancia anclada…
No quisiera ocupar más espacio decretando al geronto-hombre. Todo lo
pertinente a saber está en las páginas que han de leer o han leído ya; habiendo
salteado ésta breve introducción con poco sentido por mí establecida, en lo que
a riqueza de contenido se refiere. Quizá sólo pretendí llenar algunas
ramificaciones más en su agobiada memoria troncal para que recuerden algunas de
mis sentencias, en la primera edad madura decretadas.