miércoles, 24 de abril de 2013

Nunca desistan


«El arte de vivir está en la felicidad». Tal frase me la susurró un artesano. Aquellos que deambulan por la vida, dando saltos, piruetas, o domando una bola con la mano… Con ella se hizo, según cuentan los niños soñadores, una voluptuosidad INMENSA, una bola de ENERGÍA PURA. Los astrónomos la llamaron «sol». Otros, no tan avivados por el candor de la estrella, grandilocuente ésta: «felicidad».
Al ver que tantos cuerpos se posaban sobre un prisma que apuntaba hacia el astro majestuoso con aros de plata, hurgando en su resplandor multicolor algo de alegría; hambre; dinero; y gloria, ¡por supuesto! Pues… en su honor, el Creador erigió la luna. ¡Era la misma tonada! Pero hecha por la noche, e iluminada por el candente lucero. Hasta la próxima mañana, primeriza y solitaria estrella… Creada aquella para quien el día no agrada —sólo atrocidades y angustias perciben unos, y terminan guareciéndose en una cajita plástica, sin oxígeno más que un tubo oxidado con mil sueños y esperanzas allí dentro represas; vaya vida la de esos tipos—.
Aun así, es otra luz, con otro rayo, y la misma canción: «felicidad».
El sol y la luna se vistieron de gala para brillar por siempre. «Nunca desistan»: ¡tal fue el decreto del Magnífico! A veces, hasta comparten un lugar en pleno día; aunque alejados. ¡No renuncian jamás a su peso! Es que sus fuerzas no están en la probabilidad, sino en las leyes exactas universales, y su gran libro de cabecera: la Naturaleza.
Alguna vez «Alguien» pensó que perdió su razón. La reservó debajo de sus sueños. Los reprimió a estos, y a sí mismo de pecador se jactó. ¡Lo creyó! Y él mismo negó el resto de sus días con ceguera y obstinación. Tal su voluntad en reversa, hecha con la razón ajena: la que usaba y no era.
No se atrevía a sentenciar lo que pensaba: ¡pues nadie le explicó ese apartado vital! Tampoco lo quería hacer, por temor al fracaso o al rechazo, no sabiendo que a prueba de errores y puros ensayos es como se aprende.
El acto se volvió creíble. ¡Fehaciente en timidez y reprimendas hacia sí mismo! Algunas veces violentaba su cuerpo, maltrecho por la mala raíz que ningún chamán, especialista en la materia, logró extirpar.
Era un tanto vanidoso en la personificación del amor-objeto —amor parcializado—; al cual rehuyó hasta el punto de querer no adherir a él nunca más… Pero esas ya son otras aventuras, en las cuales el tórrido personaje nos sumergirá.
¡Nada pasaba inadvertido para ese sujeto! Siempre intentando buscar en lo humano más explicación de la que… naturalmente había. «Alguien». Ese era el nombre de la mentira vívida.
Todo ello sumergió a nuestro personaje en la carencia de responsabilidades. En el consumarse, lentamente y sin sabor; día tras día; silencio tras silencio; caída tras caída. ¡Y allí es cuando comienza todo egoísmo mal encausado! Se confunden los comportamientos, sabiéndonos cómplices en tal confusión, no queriendo cambiar algo en absoluto. ¿Por qué? Por temor a perder la vieja viga que sostenía nuestra estructura toda. Nos engañamos, entonces, y nos engañan, pues; siendo la razón nuestro embelesamiento egregio sin conexión espiritual. Bien lo ha sabido Adolfo durante su calvario, por él mismo maniatado, y en una pesada cruz al hombro cargado. La debilidad le impidió al personaje quebrar sus temores, los cuales, finalmente, han llevado a Leonor a la tumba más calamitosa que algún ser soñara día alguno.
¿Pensamos alguna vez qué es la mentira? Si la verdad la creo: es porque confío en lo que se dice o ve; o cree uno que es. Y si hay confianza: hay credibilidad. Pues si el acto es sincero: hay entendimiento y fiabilidad. Así se forman los sistemas de creencias, dicho muy fogosamente y sin demasiada explicación, en las relaciones interpersonales. A veces no es necesario ver para creer, bastando sólo la fe: hacia un sujeto, hacia un partido, hacia un pontífice, hacia una religión, hacia una magia extraña.
Entonces, la mentira es lo fingido y rechazado. Ello que creemos pero no dice nada de nosotros. O bien, lo que no reconocemos. Es decir, aquello que es como es y no tiene otra explicación más que el hecho de ser, pero negamos en nosotros mismos. No lo toleramos, entonces no lo aceptamos; y cuan ciegos, lo obviamos. ¡Es perder la vieja viga para ganar otra! Y nadie quiere eso. Es más fácil el confort que el sopor del trabajo en pos de algo mejor.
No es sustancial, sino más bien frívola. No ama, más bien hiere; zahiere y algo indigno pretende. No ambiciona, codicia. No une, enajena. No comparte, envidia y con ello se desluce. No aclara, confunde. No es sincera, es apócrifa.
Nos escudamos detrás de mil y una máscaras. Pero ningún mortal, a menos que esté decidido, podrá — ¡rasgando una por una!— llegar a su interior y henchir allí sus dedos pecaminosos hasta abolir su existencia, horrorosa por angustiante; suprimiendo así la totalidad de la vida: lo que une y desune, lo que se luce y lo que desluce. Es que todo está en un mismo calabozo: la vida. Ella es bella y es fea. Ella es todo. Por eso no hay nada que temer, sino más bien demasiado por labrar, ¡y todo por inventar!
Somos lo que pensamos y decidimos ser. No hay nada perpetrado. Ello es mucho más que nuestra personalidad o carácter. Es la libertad, a la cual estamos condenados. Es la voluntad quien insta a conocernos desde nosotros mismos, pasando por el otro, uno quien, al fin y al cabo, es otra libertad como nosotros; pensando y haciendo para proyectarnos hacia nuestra unicidad. Por encima de los hombros y debajo de la cintura hay más que palabras: hay hechos. Hay seres humanos.
Evidentemente, el ser es un organismo vivo. Y lo que vive, consecuentemente: BUSCA VIDA. ¡Más que ella misma para florecer, pues el sol mira desde arriba! Más que su ego para expresarse y de ideas empacharse. ¡Más que el desprecio para amar al inanimado! La vida es como una planta: busca luz. Aun así, también necesita no ser invadida directamente por ella. Porque, caso contrario, estaría demasiado expuesta y se marchitaría a causa de excesos. 
Aquí hay un harem de personalidades que conviven con una aún mayor: la suya. Pero cuando las otras turban a la propia,  el sueño individual y colectivo se dilata. El amor se revierte. El libro regresa a la página anterior y le dice al escritor que no hay más nada que contar. « ¿Qué habrá escrito el hombre en su galpón?». Pues no había tal escenario. Sólo una creación. Una ficción. Empezó como un juego. « ¡Pero la vida no es un juego!», me dijeron, con convicción y reprimenda. Lo creí. « ¡No será nunca un juego!», reafirmé para mí mismo. «Al menos no la vida; sí determinadas circunstancias», retruqué. ¿Entonces?
Cuando un niño juega esboza despreocupación y ríe amor. ¡Siente la vida! No la razona. Por ello es que no se hace responsable. Solo quiere jugar. ¡Es inocente, es sincero, y le importa un bledo la reacción ajena! La vida le es desconocida por cuestiones etarias; pero su espíritu, ¡él está pleno de Verdad!: su acto es franco y no encubre, sino que por curioso algo nuevo siempre descubre. Innatamente se dispone a investigar el orden de las cosas, el porqué de las mismas y cómo es que se accionan algunas y por qué no otras. Es creativo y tiende a adaptarse. Para ello los guías serán su piedra angular y baluarte. La familia, un refugio. La escuela, un puente entre aquella y la sociedad. Ésta última, su desafío. La naturaleza, su tesoro divino a preservar, su hábitat. Y la vida, el material con que deberán edificar su propia casa para permitir a otros hacer lo mismo con la suya.
Desde pequeños ansiamos conocer y socializarnos. Otros, en cambio, son destructivos. El juego no les es permitido. ¿¡Es que se lo restringen!? Porque el miedo a dejar ser es tan grande… que nada ni nadie puede ser, sin antes limitar a otro su esencia —una que, naturalmente, no es la de vainilla; solía decirnos una austera profesora de filosofía—. Así, el exterior nos quiere arrastrar con sus cadenas hacia el fango del olvido propio… cohibiéndonos y achicharrándonos hasta ser una lejana estela en el horizonte. Sin dueño, obedientes y dependientes. Apegados, y obligados al apego…
Cuando el niño se vuelve joven, la vida se le presenta de distinta forma que cuando infante. Hurga en el pecado, en el límite entre lo que quiere y lo que otros pretenden que él haga; también en el olvido, que luego se hace recuerdo de sí-mismo: ¡es que no quiere hacer lo que otros, sino lo que él para sí proyecta! Y ahí se derriba toda teoría amnésica: pues el olvido no es más que represión y miedos, puestos por otros, pero tarea suya la de tomar coraje para aventarlos al excusado más cercano.
La memoria y el recuerdo son acción transgresora, rebeldía y flujo constante para la nivelación emocional. Aparecen así los primeros síntomas de moralidad que se intentan transgredir. Se proyecta la propia imagen, y por ende, su sistema moral.
¡Piensa que vivir es una prohibición sentenciada por los infiernos! Que «por mi culpa, por mi gran culpa» pasa el dilema del cristianismo y su vida dogmática; ¡todo en torno al dolor y sometimiento a quien sucumbió por nosotros! Pero aún no está preparado —el joven que adolece— para pensar que aquél no se derrumbó. ¡Aún vive! Porque su nombre fue y es Amor. También lo llamaron Maestro. Los matices son los mitos de su figura, vilmente idolatrada. ¡Pues los ídolos son materia, vanidades! Y siempre mueren. En cambio, los hechos quedan. Y sus enseñanzas son un fiel reflejo de ello.
Pasan los años. ¡El anciano nos gana la pulseada! Su figura es una eternidad. Es miles de vidas dilapidadas en pos de un ideal. Su parlamento es el de una multitud, que se pierde en el horizonte por más turba que, a su vez, se hace más y más regordeta, para dar lugar a más y más espectáculo… ¿¡La vida es ahora un festín de personalidades y aventuras!? El gaucho es un estandarte para la Nación. ¡Esa efigie es lo que somos! Al bravo jinete sureño es a quien amamos. Entonces: ¡tomemos nosotros las riendas del viejo perisodáctilo, y rejuvenezcámoslo!
Los tres actos son una constante. El niño-joven-anciano. Como una espiral sinfín. El amor-desencanto-transformación. Todo ello forma parte en un idilio que clama por más que un juego: ¡por la razón! Ella procura no aventurarse impetuosamente; sino ser responsable y previsora. ¡Ella no contiene lágrimas!: las purga para regenerar el sudario con sales más puras (en éste punto se entrelazaría con las emociones formidablemente). Ella no responde intempestivamente; comprende y aguarda. Ella no duerme: yace siempre erguida, ¡y en sueños nos anuncia que está viva! Pues el ensueño… ¡Nuestra vida es un espejismo constante! Sin él no habría ingenio. Sin ingeniería no habría técnica. Y sin ella no existiría la industria. Si la entelequia somnífera fue programada por un lunático efervescente; no lo sé. Si la vida fue un fuerte anhelo de alguna mente…
El cándido viejecillo es el anhelo de quienes pretenden dominar el globo, sin ser amos ni esclavos, sino una parte, aunque omnipotente; con poder hacia el exterior, pero con temor a ver en su interior. Y allí es cuando la vida de esos avejentados se aplasta, tornándose rancia y sosa.
La vida del octogenario Müller transcurre en una confusión perenne e incurable. La desdicha y el engaño. ¡El valor por recuperar lo que en la más tierna edad le fue negado! Aun no siendo perfecto, el cándido viejecillo nos demuestra que al final siempre reina la esperanza. Muchas veces bastardeada, y otras a un lado dejada. Pero para todos desde la más tierna infancia anclada…
No quisiera ocupar más espacio decretando al geronto-hombre. Todo lo pertinente a saber está en las páginas que han de leer o han leído ya; habiendo salteado ésta breve introducción con poco sentido por mí establecida, en lo que a riqueza de contenido se refiere. Quizá sólo pretendí llenar algunas ramificaciones más en su agobiada memoria troncal para que recuerden algunas de mis sentencias, en la primera edad madura decretadas.

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