lunes, 29 de abril de 2013

Cerca del final...


Eran las 23:00 horas. Fritz me observó. Me atrajo en silencio, y con mucho más por decir. Su aire se acortaba de a ratos. Parecía faltarle oxígeno; uno que a duras penas le era suministrado por el poco aire que en aquella habitación había, culpa del monóxido de las estufas que, caprichosamente y a pesar de los sucesivos reclamos del viejecillo, los enfermeros volvían a encender, una y otra vez…
Su mirada tuvo un sesgo inmaculado y resplandeciente. Me imploró, sin habla y con una expresión unánime, lo escuchase un momento más antes de tenderse en la vigilia mortuoria… junto a un río y una canoa. Vislumbré a Benigno sentado sobre un tronco, en la orilla del mar, con la arena raspando la planta de sus pies, con infantil ternura y cosquilleos. Así se me apareció el anciano en su premura y mirada espejada presa en mi retina. ¿O habrá sido la paz eterna anticipada aquello que me transmitió?
Sin embargo, en su interior algo latió con ademanes e impulsos, demostrando interés por prorrumpir. Y no fue un corazón lo que palideció, arrítmico y bombeante, sino un sentimiento; un reproche; una mala situación; una zozobra; una decepción; un desasosiego.
 Él continuó allí, en su litera, aquietado y con su infusión en mano.
Ambos supimos que la muerte de uno u otro nada cambiaría al mundo. Y lo cogitamos en secreto, sin habla y excesivas miradas ausentes de lágrimas anegadas. Sesgos que estuvieron pronto a desvanecerse, a tomar otra forma. Más furibunda, quizá. O tal vez no. No hubo atracción entre nosotros. Tampoco esperanza. Menos aún Fe. Sólo desventura y egoísmo. Ateísmos y putas. Ascos e irrespetuosos. Pornografía, esclavos, y objetos… Recién ahí comprendí el porqué de su cita a San Marcos (Cap. 6:3-6).
Abandoné el ventanal con las afueras de la ciudad encapotadas como panorama. Al rato, uno de los enfermeros le anunció a Fritz que lo esperaban en el subsuelo para unos chequeos. Me resultó extraño, pues hacía un momento que le habían realizado sus «chequeítos de rutina». Sin chistar, Fritz acató la orden.
Más tarde, el gran Müller regresó con más vigor. Su rostro estuvo encandilado por el brillo que sus ojos —probablemente ungüentos con alguna maravilla científica que los hizo únicos— lanzaron, reverencialmente. ¡Era él un monumento viviente y pulido por mil hombres, quienes lograron en él una perfección sinigual en esos sótanos hospitalarios! El camillero me sonrió, como expresándome cierta complicidad en todo ello.
Una vez acomodados ambos, le dirigí mis inquietudes respecto a sus labores en la Usina. Lo noté más cansado que antes a pesar del rayo que manaba desde su mirada hasta el sempiterno umbral universal. Percibí un rostro acartonado y sintético. ¡Jamás se había este hombre curvado hacia la depresión! Al menos hasta aquél momento, en que su rigidez troncal abrió paso a la mansedumbre muscular.
Fritz humedeció sus ojos. Los enjuagó, y luego los secó con un delicado pañuelo de tela azulada. Me observó distante y con decoro, pretendiendo despejar mis dudas por completo. Me adelanté hacia él los escasos metros que nos separaban. Observé su figura toda recostada sobre el catre, inquieta y quejumbrosa. Le extendí mi mano derecha e invité a su cuerpo todo a erguirse junto al mío. Su ente corpóreo se manifestó crujiente y dolorosamente frente a mí. Ya enfrentados el uno con el otro, como si fuese una postal instantánea tomada por algún voyerista, nos fundimos en un candoroso y minimalista abrazo. ¡Nos aferramos el uno al otro con tanta fuerza que siquiera una bala de matarife ansioso habría logrado asesinarnos! En un microsegundo experimenté el valor de la risa y el llanto, venidos el uno al otro como el invierno precede, necesariamente, al estivo; y como el rocío al pétalo más húmedo; y como la sombra al sabio o iluminado. En un instante, todo ese frescor que nuestros corazones padecieron por años, siglos, minutos… cesó por completo. Subsistimos abrazados unos minutos eternos, con nuestras almas al desnudo. Siquiera escuchamos la próxima campanada aullar las 23:30 horas, sino hasta que retumbó en las paredes del cuarto, descascarando algunas otras en el exterior producto de las vibraciones.
Nos desprendimos con suavidad, como no queriendo terminar lo que, supimos, era inevitable. Nos rozamos el antebrazo hasta que, con laxitud, ambas extensiones fueron tomando su lugar en el aire, en los movimientos libres… hasta, por fin, sentir la esclavitud del cuerpo al que pertenecían. El suyo y el mío. Sentimos un desahogo pleno, emotivo. Observamos luego con liviandad el reloj que tenía Fritz en su mesada, sin cruzar miradas.
—… John Haxes fue el médico con más prestigio en la institución. Él y mi padre fueron los encargados de suministrar las dosis medicamentosas necesarias a los flojos y a los sobrepasados; a los pálidos y a los colorinches; a los condenados a un dolor eterno y a los hedonistas, a quienes todo extremo les cuaja como por magia alquímica. Pero me ocultó un lugar clave para que yo pudiera inmiscuirme de lleno en el proyecto, Siegfried. Y esas falacias no cicatrizan, mueren con uno. En el peor de los casos son embrión para futuros rencores. En el mejor, se olvidan y ya.
— ¿Llegaron a trabajar juntos en la máquina belicosa, entonces? —le inquirí.  ­
Fritz alisó sus ropas, tomando una actitud desafiante en su postura, y queriendo tener todo bajo control. Ello me pareció algo escabroso en el viejecillo, quien tras reiteradas visitas se me reveló como ambivalente emocionalmente; aunque pío, manifestación espiritual suya sobresaliente.
Se posó frente a la ventana bífora unos segundos. Luego se dio media vuelta. Me dejó a la deriva, con las intermitencias lumínicas apenas perceptibles en los automóviles que iban y venían a velocidades espasmódicas; los camiones con sus sirenas impacientes trasladando heridos; incivilizados destrozando vidrieras por doquier: indeciso y desordenado paisaje porteño. Unas lágrimas se me desprendieron del alma; y no fueron por el gran Müller
Caminó varios pasos, parsimonioso y en dirección hacia la mayestática camucha, donde finalmente aplastó su cuerpo.
—Todo estaba muy bien diseñado en la Usina. Cada uno de los trabajadores allí alistados tejía su urdimbre para aportar al proyecto su bienaventurado talento, educador y reparador de las morales desvencijadas. La puja que había entre fuerzas del Bien y del Mal requería la cohesión, Siegfried. Por eso es que allí dejábamos cada uno nuestro máximo esfuerzo. Por usted, por ellos…
»Ese fue el sentido que le encontramos nosotros a la vida dentro de la Usina. El trabajo, no por el futuro, sino por el presente. Uno que hacemos nosotros permanentemente. Jamás pude comprender a Bautista en toda su magnitud: él le dedicaba demasiado tiempo a Pantaleón, aparentemente. Muy pocas eran las veces en que mencionaba la máquina. Asimismo, era lógico que lamiese las botas de ese desgraciado. ¡Era su maldito verdugo! ¡Su sombra siniestra!
»Una tarde, mientras íbamos al depósito de materias degeneradas y chatarra obsoleta, John Haxes se acercó y me encomendó unas tareas. Me alejé un instante de ambos para su mayor comodidad y privacidad. Aun así, mi hipersensibilidad auditiva logró escuchar cada frase que disiparon las lenguas triquiñuelas que esos dos trovadores parlaron. “Comuníquele a Pantaleón que estaré llegando cerca del mediodía. Averigüe la presencia de diputados y senadores”, le propinó Bautista a Haxes. ¡Allí caí en la cuenta que el jeque de la logia aún vivía! De lo contrario, no iría mi padre a un lugar alejado de sus onerosas maquinaciones. “El diputado Diente de León asistirá con su esposa. Es el único que confirmó su presencia hasta el momento. Sabe… todo esto es un fiasco, don Bautista. Mientras nosotros nos esforzamos en que el proyecto tenga como santo patrono a San Ramón Nono, allí se nos mofan en nuestras narices con ese trato sátrapa y vanidoso que siempre han tenido hacia nosotros, viéndonos como mansos e infelices, y varones de poca monta. ¡No sé para qué demonios iremos allí! Sólo sé que piensa del mismo modo que yo, don Bautista… lo cual me genera una dicotomía entre lo que piensa y lo que es”, le ultimó Haxes a mi padre, con un leve gimoteo. A lo cual éste último respondió con una tonada muy cordial que “a eso mismo vamos, don Pantaleón. Lo que es para mí; también es para usted. Necesitamos negociar unas cuestiones administrativas con ‘el gordo’ de la camada. Luego nos iremos con la llave de la cámara transformadora, y así podremos finalizar lo nuestro con ese dinero, tan nuestro como de ellos. ¡Por fin nos vengaremos de ese granuja pestífero que nos ha estado bastardeando y empleando para sus intereses! ¡¡Lo esclavizaremos al trabajo eterno y sin descanso al haragán!! Aunque su clan sea el más fuerte, sé que podremos vencerlo. Se aseguró que Fritz no supiera nada de esto, ¿no, don Pantaleón?”, le demandó Bautista a su colaborador más próximo, con un susurro delator.
»Haxes parpadeó unos instantes pensando más en lo extraordinario y deleitoso que sería el parto de sus ideales y los de Bautista, que en la sandez que Müller le inquirió. Ya vuelto en sí, luego de un tilde de conmutador sobrecargado, respondió éste camarada suyo bien atento a la maniobra, y seriamente: “desde ya, don Bautista”, y pronto volvió a sus tareas.
»Cuando la charla llegó a su fin, sentí cómo mis pulmones dejaban de respirar oxígeno del más puro y renovador, ahogándome con el efluvio histriónico de esos dos hombres maduros. Desde aquél momento ninguna labor que desempeñé me fue grata. Cada día que pasaba mis tareas eran ejercidas con más monotonía que el anterior. El alma pareció habérseme desprendido por completo desde ese momento.
Fritz tomó la medicación que tenía en su pastillero. Fue la última que quedó. El reloj dio las 23:49.

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