Eran las 23:00 horas. Fritz me observó. Me atrajo en silencio, y con
mucho más por decir. Su aire se acortaba de a ratos. Parecía faltarle oxígeno;
uno que a duras penas le era suministrado por el poco aire que en aquella
habitación había, culpa del monóxido de las estufas que, caprichosamente y a
pesar de los sucesivos reclamos del viejecillo, los enfermeros volvían a encender,
una y otra vez…
Su mirada tuvo un sesgo inmaculado y resplandeciente. Me imploró, sin
habla y con una expresión unánime, lo escuchase un momento más antes de
tenderse en la vigilia mortuoria… junto a un río y una canoa. Vislumbré a
Benigno sentado sobre un tronco, en la orilla del mar, con la arena raspando la
planta de sus pies, con infantil ternura y cosquilleos. Así se me apareció el anciano
en su premura y mirada espejada presa en mi retina. ¿O habrá sido la paz eterna
anticipada aquello que me transmitió?
Sin embargo, en su interior algo latió con ademanes e impulsos, demostrando
interés por prorrumpir. Y no fue un corazón lo que palideció, arrítmico y
bombeante, sino un sentimiento; un reproche; una mala situación; una zozobra;
una decepción; un desasosiego.
Él continuó allí, en su litera,
aquietado y con su infusión en mano.
Ambos supimos que la muerte de uno u otro nada cambiaría al mundo. Y lo
cogitamos en secreto, sin habla y excesivas miradas ausentes de lágrimas
anegadas. Sesgos que estuvieron pronto a desvanecerse, a tomar otra forma. Más
furibunda, quizá. O tal vez no. No hubo atracción entre nosotros. Tampoco esperanza.
Menos aún Fe. Sólo desventura y egoísmo. Ateísmos y putas. Ascos e
irrespetuosos. Pornografía, esclavos, y objetos… Recién ahí comprendí el porqué
de su cita a San Marcos (Cap. 6:3-6).
Abandoné el ventanal con las afueras de la ciudad encapotadas como
panorama. Al rato, uno de los enfermeros le anunció a Fritz que lo esperaban en
el subsuelo para unos chequeos. Me resultó extraño, pues hacía un momento que
le habían realizado sus «chequeítos de rutina». Sin chistar, Fritz acató la
orden.
Más tarde, el gran Müller regresó con más vigor. Su rostro estuvo encandilado
por el brillo que sus ojos —probablemente ungüentos con alguna maravilla científica
que los hizo únicos— lanzaron, reverencialmente. ¡Era él un monumento viviente
y pulido por mil hombres, quienes lograron en él una perfección sinigual en
esos sótanos hospitalarios! El camillero me sonrió, como expresándome cierta complicidad
en todo ello.
Una vez acomodados ambos, le dirigí mis inquietudes respecto a sus labores
en la Usina. Lo noté más cansado que antes a pesar del rayo que manaba desde su
mirada hasta el sempiterno umbral universal. Percibí un rostro acartonado y sintético.
¡Jamás se había este hombre curvado hacia la depresión! Al menos hasta aquél
momento, en que su rigidez troncal abrió paso a la mansedumbre muscular.
Fritz humedeció sus ojos. Los enjuagó, y luego los secó con un delicado
pañuelo de tela azulada. Me observó distante y con decoro, pretendiendo
despejar mis dudas por completo. Me adelanté hacia él los escasos metros que
nos separaban. Observé su figura toda recostada sobre el catre, inquieta y
quejumbrosa. Le extendí mi mano derecha e invité a su cuerpo todo a erguirse
junto al mío. Su ente corpóreo se manifestó crujiente y dolorosamente frente a
mí. Ya enfrentados el uno con el otro, como si fuese una postal instantánea
tomada por algún voyerista, nos fundimos en un candoroso y minimalista abrazo. ¡Nos
aferramos el uno al otro con tanta fuerza que siquiera una bala de matarife
ansioso habría logrado asesinarnos! En un microsegundo experimenté el valor de
la risa y el llanto, venidos el uno al otro como el invierno precede,
necesariamente, al estivo; y como el rocío al pétalo más húmedo; y como la
sombra al sabio o iluminado. En un instante, todo ese frescor que nuestros
corazones padecieron por años, siglos, minutos… cesó por completo. Subsistimos
abrazados unos minutos eternos, con nuestras almas al desnudo. Siquiera
escuchamos la próxima campanada aullar las 23:30 horas, sino hasta que retumbó
en las paredes del cuarto, descascarando algunas otras en el exterior producto
de las vibraciones.
Nos desprendimos con suavidad, como no queriendo terminar lo que, supimos,
era inevitable. Nos rozamos el antebrazo hasta que, con laxitud, ambas
extensiones fueron tomando su lugar en el aire, en los movimientos libres…
hasta, por fin, sentir la esclavitud del cuerpo al que pertenecían. El suyo y
el mío. Sentimos un desahogo pleno, emotivo. Observamos luego con liviandad el
reloj que tenía Fritz en su mesada, sin cruzar miradas.
—… John Haxes fue el médico con más prestigio en la institución. Él y mi
padre fueron los encargados de suministrar las dosis medicamentosas necesarias a los flojos y a los sobrepasados;
a los pálidos y a los colorinches; a los condenados a un dolor eterno y a los
hedonistas, a quienes todo extremo les cuaja como por magia alquímica. Pero me
ocultó un lugar clave para que yo pudiera inmiscuirme de lleno en el proyecto,
Siegfried. Y esas falacias no cicatrizan, mueren con uno. En el peor de los
casos son embrión para futuros rencores. En el mejor, se olvidan y ya.
— ¿Llegaron a trabajar juntos en la máquina belicosa, entonces? —le
inquirí.
Fritz alisó sus ropas, tomando una actitud desafiante en su postura, y queriendo
tener todo bajo control. Ello me pareció algo escabroso en el viejecillo, quien
tras reiteradas visitas se me reveló como ambivalente emocionalmente; aunque pío,
manifestación espiritual suya sobresaliente.
Se posó frente a la ventana bífora unos segundos. Luego se dio media
vuelta. Me dejó a la deriva, con las intermitencias lumínicas apenas perceptibles
en los automóviles que iban y venían a velocidades espasmódicas; los camiones con
sus sirenas impacientes trasladando heridos; incivilizados destrozando
vidrieras por doquier: indeciso y desordenado paisaje porteño. Unas lágrimas se
me desprendieron del alma; y no fueron por el gran Müller…
Caminó varios pasos, parsimonioso y en dirección hacia la mayestática
camucha, donde finalmente aplastó su cuerpo.
—Todo estaba muy bien diseñado en la Usina. Cada uno de los trabajadores
allí alistados tejía su urdimbre para aportar al proyecto su bienaventurado
talento, educador y reparador de las morales desvencijadas. La puja que había
entre fuerzas del Bien y del Mal requería la cohesión, Siegfried. Por eso es
que allí dejábamos cada uno nuestro máximo esfuerzo. Por usted, por ellos…
»Ese fue el sentido que le encontramos nosotros a la vida dentro de la
Usina. El trabajo, no por el futuro, sino por el presente. Uno que hacemos
nosotros permanentemente. Jamás pude comprender a Bautista en toda su magnitud:
él le dedicaba demasiado tiempo a Pantaleón, aparentemente. Muy pocas eran las
veces en que mencionaba la máquina. Asimismo, era lógico que lamiese las botas
de ese desgraciado. ¡Era su maldito verdugo! ¡Su sombra siniestra!
»Una tarde, mientras íbamos al depósito de materias degeneradas y chatarra
obsoleta, John Haxes se acercó y me encomendó unas tareas. Me alejé un instante
de ambos para su mayor comodidad y privacidad. Aun así, mi hipersensibilidad auditiva
logró escuchar cada frase que disiparon las lenguas triquiñuelas que esos dos
trovadores parlaron. “Comuníquele a Pantaleón que estaré llegando cerca del
mediodía. Averigüe la presencia de diputados y senadores”, le propinó Bautista
a Haxes. ¡Allí caí en la cuenta que el jeque de la logia aún vivía! De lo contrario,
no iría mi padre a un lugar alejado de sus onerosas maquinaciones. “El diputado
Diente de León asistirá con su esposa. Es el único que confirmó su presencia
hasta el momento. Sabe… todo esto es un fiasco, don Bautista. Mientras nosotros
nos esforzamos en que el proyecto tenga como santo patrono a San Ramón Nono,
allí se nos mofan en nuestras narices con ese trato sátrapa y vanidoso que
siempre han tenido hacia nosotros, viéndonos como mansos e infelices, y varones
de poca monta. ¡No sé para qué demonios iremos allí! Sólo sé que piensa del
mismo modo que yo, don Bautista… lo cual me genera una dicotomía entre lo que piensa y lo que es”, le ultimó Haxes a mi padre, con un leve gimoteo. A lo
cual éste último respondió con una tonada muy cordial que “a eso mismo vamos,
don Pantaleón. Lo que es para mí; también
es para usted. Necesitamos negociar unas cuestiones administrativas con ‘el gordo’
de la camada. Luego nos iremos con la llave de la cámara transformadora, y así
podremos finalizar lo nuestro con ese dinero, tan nuestro como de ellos. ¡Por fin nos vengaremos de ese
granuja pestífero que nos ha estado bastardeando y empleando para sus intereses!
¡¡Lo esclavizaremos al trabajo eterno y sin descanso al haragán!! Aunque su
clan sea el más fuerte, sé que podremos vencerlo. Se aseguró que Fritz no
supiera nada de esto, ¿no, don Pantaleón?”, le demandó Bautista a su
colaborador más próximo, con un susurro delator.
»Haxes parpadeó unos instantes pensando más en lo extraordinario y deleitoso
que sería el parto de sus ideales y los de Bautista, que en la sandez que Müller
le inquirió. Ya vuelto en sí, luego de un tilde de conmutador sobrecargado,
respondió éste camarada suyo bien atento a la maniobra, y seriamente: “desde
ya, don Bautista”, y pronto volvió a sus tareas.
»Cuando la charla llegó a su fin, sentí cómo mis pulmones dejaban de
respirar oxígeno del más puro y renovador, ahogándome con el efluvio
histriónico de esos dos hombres maduros. Desde aquél momento ninguna labor que
desempeñé me fue grata. Cada día que pasaba mis tareas eran ejercidas con más monotonía
que el anterior. El alma pareció habérseme desprendido por completo desde ese
momento.
Fritz tomó la medicación que tenía en su pastillero. Fue la última que
quedó. El reloj dio las 23:49.
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