Está todo demasiado corrupto...
Tengo el agrado de comentarles un cuestión importante para quienes frecuentan este blog. Tengo unos fragmentos de vida para ofrecerles... son de una pintoresca novela de ficción llamada: «Los fragmentos del cuerpo». Si desean más información al respecto, pues pregunten. Sus dudas serán bienvenidas.
Espero que disfruten lo que les dejo aquí debajo. Así comienza...
«Debo vomitar cruda — ¡Y TAN GROSERAMENTE!— mis palabras mundanas y
despreciables en vuestros oídos, cansados de melancólicas verdades y fatales
mentiras que sólo enmudecen el espíritu… ¡OH!, misericordiosa melodía aria… ¡aparecen
con sus trompetas triunfales el rey y sus bufones, todos fuera del castillo!
¡Lo exigieron, lo demandaron, y lo consiguieron! Ellos, los sometidos.
» ¡Beban el vino del hálito sacro y acudan a la Santa Cena!, celebrada
por los mártires del sacerdocio hereje. Medusa, sanguijuela sangrienta y
hambrienta, siempre en la víspera de nuevas heces, contaminadas con nuestro
venerable espíritu: ¡¡¡tú buscas propagar el virus del hambre, el odio y la malaria
en tu colonia!!! Haré que revientes junto con tus tripas, repulsivas de tanto
bombo y sangre que dejas entrever desde tu cochina covacha.
»Sin embargo, ella no acata órdenes: sigue mis instintos. La profecía que
escribe mi mano incoherente. Medusa es obediente ¡Nadie escuchó el trazo fuerte
por las diáfanas y gastadas madrugadas! ¡Ardan ahora los siete cielos y luego
enmudezcan a lo verdadero!
» ¡¡¡Escuchad: el jorobado rechina como caballo, habla cuan cabra y gime
como hembra en celo mientras es pasionalmente poseído por un arlequín
zamacuco!!! “Abad Juan Carlos, proceda a incinerarme en la hoguera. Me
considero hereje por haber desmentido el crimen del abad Pablo. Sé que será injusta
mi pena, ya que él quería librarse de ustedes; y ustedes… tan solo acudieron a
negar su pedido. ¿¡Por eso maté!? ¡Por la libertad de un peregrino a quien
nadie comprendió!”. Así sabe la justicia humana manejada por leguleyos.
»La manzana es el fruto más delicioso. Puedes con el hacer pastel y
comerla sin ser manjar de dioses; verde o roja, cualquiera sea tu forma: ¡eres
bella y asequible, pomácea fruta comestible! Aun así, tan ordinaria y por el
probabilístico mundo contaminada: ¡mira cuán poderosa eres, sublime poma, que
tan fácilmente envenenas espíritus puros como los que el creador envió para
todos nosotros!
» ¡¿Ven cuán corroído está el centro del centro por las manos del hombre
y su pensamiento?! ¡Mi odio se alimenta de su desprecio hacia la perfección!
Esperen… oigo campanas. ¡Y alaridos! ¡¡Y alertas que no dejan de sonar, con
bombas de estruendo y sirenas, desde un viejo edificio porteño!! ¿¡Algo está
pronto a salir de un cascarón!? ¡Lo anuncian como a un dios! ¡Por los puños
hercúleos!: ¿¡han creado una bestia!? ¡Es racional e instintiva! Sigue pasiones,
corruptas y confusas, y son muy endebles, a pesar de su grandeza por su talla
empequeñecida. ¡Por el Santo Grial!: ¿¡qué demonios han hecho!?
»Baco alzó su mano para tomar nota de los alistados en su festín —que
celebraba tal jolgorio internacional— y… ¡y ya no hablaba de esas exaltaciones
suyas a modo de bocadillo para sus diáconos! Irremediablemente, algo iba mal.
Jamás he aceptado tal burla a las interpretaciones —cínicas— sobre un
trastorno. Nosotros somos conejillos y… y contra la gran máquina jamás, ¡jamás
venceremos! A menos que lo quisiéramos…
»Ah… Ahora solo me regocijo con la idea de texturas mixtas sobre una
circunferencia móvil, en la cual soy fiel adherente a que un gran cambio
acontezca. Una fraternidad, fruto entre sombra y luz, deberá unir sendos polos
para que el triunfo se concrete. ¡¿Acaso no lo ven?! ¡¡Han destruido el arte
para degenerarlo!! Lo han confundido con la belleza: ¡y han creado otra bestia!
Sin embargo, el arte aún vive. Y lo bello es que mientras así sea: reirá y
reirá y reirá y…
»Morbosos, infieles y confusos: ¡¡ABRAN ESOS OJOS VERDADEROS!! Serán el
faro en su cuerpo. El mismo que cada mañana les recuerda que no están solos. ¡Es
que así se vence la flaqueza y el temor! El mar seguirá creciendo y nosotros
más pronto iremos languideciendo y ahogándonos, para que luego, con nuestra
quietud, los retoños continúen viendo el mar crecer y crecer y crecer y…».
Estas memorias las conservé por mucho tiempo. Se soltaron de sus puños,
irreverentes, mientras descansaba en un camastro tan añejo como un vino que
sobrevivió a cien guerras.
El cándido viejecillo parecía un anillo de Saturno, delirante y frenético,
allí, en su vieja tapera anclado. ¡Él siempre estaba ahí! Su sombra se paseaba,
empinada y soberbia, por las altas paredes de la habitación. ¡Y apenas si se
doblegaba un tanto su espina para ceder a la debilidad!
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