«No, gracias. No tengo ganas. No creo que quiera. ¡¿Le
parece!? Lo comprendo totalmente, pero no; gracias». Así son las respuestas en
aquellas chácharas cuya persuasión es fallida. Ruedan y ruedan éstas tantas
veces como primaveras ha tenido la religión, entre agosto y septiembre, pero
festejada en diciembre.
El bostezo se hace presente. Y qué más da…
querer no es ganar, mucho menos una decisión, sino más bien un capricho. Y
triunfar tampoco es ganar, sino dar un paso más, uno tan estrecho como el ojal
de una aguja. El camino se hace andando, como Lázaro lo hizo, pues: caminando.
—Señor; sí: ¡al destino! —dije y chisté—.
Sí: a usted le hablo —redije—. ¿No ha pedido acaso que le invente una historia
para que su padre duerma por las noches y vague durante el día? Pues he aquí
una maravillosa, encantadora: ¡la interpretan un rey, tres niños y una fiera! —lancé
sin más vueltas el asunto.
Hubo una ronda jocosa en derredor de las
vides y los ciervos, los camellos y las águilas; y todos los animales del
pueblo se acercaron, uno a uno, a escuchar mi palabra, con brío y atención.
Les narré cómo el primer bufón se acercó
al rey. Le vomitó unas incoherencias que ni mueca expandieron en el monarca. Se
le antojó algo tosco el bufoncillo, y sardónico su relato; así que tacharon su
nombre. Como recompensa le incendiaron su galante sombrero —para obsequiarle
uno más harapiento en señal de regocijo hacia su humor poco interesante. Tanto…
¡que incluso el palacio tomó vida propia inclinándose y abrigando el rubor que
su sonrisa dejó entrever!—.
Pasó el siguiente. Éste era un trovador de
mil lenguas desconocidas. Comenzó balbuceando tres sílabas y dos letras del
abecedario. Luego, una palabra que quebró los oídos más sensibles del palacio: «demo»;
finalizando con otra que, inocentemente dicha, desdibujó su vida: «gracia». El
pobre no supo ni se imaginó jamás que su mala dicción lo llevaría hasta el
lecho más tierno… el calabozo de las almas apenadas, el cielo de los inocentes
condenados, el infierno de los bardos: una prisión sin fónica para un trovador
ya silenciado, ¡pero con una retórica…! Vaya ingratitud para con él.
Un último personaje se le acercó, irreverentemente,
al timorato rey. Era una fiera algo torpe en su andar. Sacudía sus patas
traseras como un potrillo molesto. Aunque también emitía un sonido sufriente
tan agudo como un pitido, y más desesperante que un crematorio de gentes vivas.
Parecía todo esto un arte trabajado ingeniosamente desde su interior, con una
trompeta que trocaba cada grito de auxilio, perpetrado por la víctima
angustiosamente en melodías rústicas. Destartalado y grosero, éste ente se
presentó ante el absoluto, quien observó sin piedad y con azote en mano a
aquella fiera indomable. Dijo el comediante paquidermo, con infantilismos: « ¿Y
tú? ¿Qué pretendes sultán carroñero para la humanidad? ¿Acaso debo quitarte una
sonrisa? ¿O el oro de tu reino? Lo haría con sumo placer, pero debería antes
fulminarte para ganar lo que con tu abrigo pretendo».
El soberano no comprendió cómo alguien de
tal pequeñez pudo levantarle una perorata tan insolente como aquella. Quedó
confuso y renuente. En cambio, ¡el
mamífero estaba impaciente! Pues le gustaba la expedición en toda maniobra. Mas
el rey… pues era algo tardo en sus acciones. Sucede que tres niños ansiosos formaban
parte del disfraz.
Respondió el bicho cuadrúpedo al silencio
y hostilidad absolutistas con una expresión endemoniada y con una risa
chabacana mofándose del zar. Luego se inclinó con un gesto indecoroso sobre la
alfombra del palacio.
Posteriormente, sus ojos se posaron, con
dramatismo, frente a los del siniestro autoritario; quien, por fin, atinó a
desafiar a los irrespetuosos.
El caballo tripartito le habló al de la
corona oxidada. «Déjame verte de revés, rey. Es necesario que lo haga para que
vuestra historia… ¡lo encante como un mago haría y lo maraville cuan si viera a
un manco pintando con sus pies y boca y…! A ver… déjame verte al revés, rey».
Se negaba éste. ¡Seguía inmóvil! «Te lo
rogamos nosotros, tus hijos y una mujer que tuya no es».
El monarca se impaciento cada vez más. Como
es lógico en tales cuestiones, en el palacio nadie tuvo reacción alguna más que
la chocarrería gesticular o la seriedad. ¡El rey estaba pasmado y silencioso! «
¡Por la fuerza hercúlea monarca popular! Soy yo: ¡¡tu consejera!! Fiel a tus
bondades, envidiosa de tus poderes, y vanidosa para con todos ustedes: ¡súbditos!».
Se refirió a ellos con tal desprecio… que el caballo tuvo que segregar sus
partes para dejar ver toda su figura por separado.
« ¡Que para algo tienes la voz, desdichado!
Sin diálogo no hay respuesta. Menos soluciones. Y aun así… sigues estupefacto
ante mi actitud. Eres la miseria que todo reino debería erradicar, abominable y
execrable ramillete coronado… ¡polvo eres, y a la tierra te irás! Que mi pulcritud
refleje tu inmundicia, soberano de gacetilla y cuerdo demente».
No hubo caso. El rey, ya depuesto y con la
vergüenza de quien teme exhibir el tamaño de sus prominencias físicas frente al
vulgo, observó al palacio, de reojo y sonrojado y peculiarmente espantado.
En alguien de gran tamaño, tal pequeñez fue
inviable. Sin saber que la vista fue más gorda que lo habitual en torno suyo,
se dio media vuelta e intentó en vano huir. Dejó caer su capa, lentamente.
Entregó la corona al bufón; el cetro de mando al trovador; y su espalda a los
espectadores. Ya no más súbditos, sino testigos de su auto deposición.
Se acercaron luego sus hijos. Le dieron un
fuerte y franco abrazo. Finalmente, la mujer hizo su aparición. ¡El templo se
oscureció y la tierra tembló! El rey les dijo: « ¡el templo se hundirá junto
con todos ustedes!».
Lo demás es imaginación, puritana, laica,
religiosa, casta, morbosa, pecaminosa, etc., etc., etc.
Pero hay varias pistas. En primer lugar: al
monarca no lo azotaron ni tampoco lo golpearon. ¡Quizá siquiera le hayan
asesinado!
En segundo lugar, ¡el público que asistió
a la audiencia del palacio rio como nunca! Y gastó tanto aplauso como oro tenía
el relicario. ¡El mismísimo palacio se inclinó una vez más! ¡Pero con tanto
regocijo ésta vez!, que un calambre en su bóveda áurea lo infartó. ¡Volaron
Miguel Ángel, la virgen deípara, y todos los santos y vitrales que allí había
con mano talentosa decorados, todos al carajo!
Así ultimé mi relato. ¡Todos los animales
lo corearon sin cesar!
Como moraleja, les recordé que para erigir,
antes es necesario destruir.
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| La entrega |

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