viernes, 19 de abril de 2013

die Übergabe

«No, gracias. No tengo ganas. No creo que quiera. ¡¿Le parece!? Lo comprendo totalmente, pero no; gracias». Así son las respuestas en aquellas chácharas cuya persuasión es fallida. Ruedan y ruedan éstas tantas veces como primaveras ha tenido la religión, entre agosto y septiembre, pero festejada en diciembre.
El bostezo se hace presente. Y qué más da… querer no es ganar, mucho menos una decisión, sino más bien un capricho. Y triunfar tampoco es ganar, sino dar un paso más, uno tan estrecho como el ojal de una aguja. El camino se hace andando, como Lázaro lo hizo, pues: caminando.
—Señor; sí: ¡al destino! —dije y chisté—. Sí: a usted le hablo —redije—. ¿No ha pedido acaso que le invente una historia para que su padre duerma por las noches y vague durante el día? Pues he aquí una maravillosa, encantadora: ¡la interpretan un rey, tres niños y una fiera! —lancé sin más vueltas el asunto.
Hubo una ronda jocosa en derredor de las vides y los ciervos, los camellos y las águilas; y todos los animales del pueblo se acercaron, uno a uno, a escuchar mi palabra, con brío y atención.
Les narré cómo el primer bufón se acercó al rey. Le vomitó unas incoherencias que ni mueca expandieron en el monarca. Se le antojó algo tosco el bufoncillo, y sardónico su relato; así que tacharon su nombre. Como recompensa le incendiaron su galante sombrero —para obsequiarle uno más harapiento en señal de regocijo hacia su humor poco interesante. Tanto… ¡que incluso el palacio tomó vida propia inclinándose y abrigando el rubor que su sonrisa dejó entrever!—.
Pasó el siguiente. Éste era un trovador de mil lenguas desconocidas. Comenzó balbuceando tres sílabas y dos letras del abecedario. Luego, una palabra que quebró los oídos más sensibles del palacio: «demo»; finalizando con otra que, inocentemente dicha, desdibujó su vida: «gracia». El pobre no supo ni se imaginó jamás que su mala dicción lo llevaría hasta el lecho más tierno… el calabozo de las almas apenadas, el cielo de los inocentes condenados, el infierno de los bardos: una prisión sin fónica para un trovador ya silenciado, ¡pero con una retórica…! Vaya ingratitud para con él.
Un último personaje se le acercó, irreverentemente, al timorato rey. Era una fiera algo torpe en su andar. Sacudía sus patas traseras como un potrillo molesto. Aunque también emitía un sonido sufriente tan agudo como un pitido, y más desesperante que un crematorio de gentes vivas. Parecía todo esto un arte trabajado ingeniosamente desde su interior, con una trompeta que trocaba cada grito de auxilio, perpetrado por la víctima angustiosamente en melodías rústicas. Destartalado y grosero, éste ente se presentó ante el absoluto, quien observó sin piedad y con azote en mano a aquella fiera indomable. Dijo el comediante paquidermo, con infantilismos: « ¿Y tú? ¿Qué pretendes sultán carroñero para la humanidad? ¿Acaso debo quitarte una sonrisa? ¿O el oro de tu reino? Lo haría con sumo placer, pero debería antes fulminarte para ganar lo que con tu abrigo pretendo».
El soberano no comprendió cómo alguien de tal pequeñez pudo levantarle una perorata tan insolente como aquella. Quedó confuso y renuente.  En cambio, ¡el mamífero estaba impaciente! Pues le gustaba la expedición en toda maniobra. Mas el rey… pues era algo tardo en sus acciones. Sucede que tres niños ansiosos formaban parte del disfraz.
Respondió el bicho cuadrúpedo al silencio y hostilidad absolutistas con una expresión endemoniada y con una risa chabacana mofándose del zar. Luego se inclinó con un gesto indecoroso sobre la alfombra del palacio.
Posteriormente, sus ojos se posaron, con dramatismo, frente a los del siniestro autoritario; quien, por fin, atinó a desafiar a los irrespetuosos.
El caballo tripartito le habló al de la corona oxidada. «Déjame verte de revés, rey. Es necesario que lo haga para que vuestra historia… ¡lo encante como un mago haría y lo maraville cuan si viera a un manco pintando con sus pies y boca y…! A ver… déjame verte al revés, rey».
Se negaba éste. ¡Seguía inmóvil! «Te lo rogamos nosotros, tus hijos y una mujer que tuya no es».
El monarca se impaciento cada vez más. Como es lógico en tales cuestiones, en el palacio nadie tuvo reacción alguna más que la chocarrería gesticular o la seriedad. ¡El rey estaba pasmado y silencioso! « ¡Por la fuerza hercúlea monarca popular! Soy yo: ¡¡tu consejera!! Fiel a tus bondades, envidiosa de tus poderes, y vanidosa para con todos ustedes: ¡súbditos!». Se refirió a ellos con tal desprecio… que el caballo tuvo que segregar sus partes para dejar ver toda su figura por separado.
« ¡Que para algo tienes la voz, desdichado! Sin diálogo no hay respuesta. Menos soluciones. Y aun así… sigues estupefacto ante mi actitud. Eres la miseria que todo reino debería erradicar, abominable y execrable ramillete coronado… ¡polvo eres, y a la tierra te irás! Que mi pulcritud refleje tu inmundicia, soberano de gacetilla y cuerdo demente».
No hubo caso. El rey, ya depuesto y con la vergüenza de quien teme exhibir el tamaño de sus prominencias físicas frente al vulgo, observó al palacio, de reojo y sonrojado y peculiarmente espantado.
En alguien de gran tamaño, tal pequeñez fue inviable. Sin saber que la vista fue más gorda que lo habitual en torno suyo, se dio media vuelta e intentó en vano huir. Dejó caer su capa, lentamente. Entregó la corona al bufón; el cetro de mando al trovador; y su espalda a los espectadores. Ya no más súbditos, sino testigos de su auto deposición.
Se acercaron luego sus hijos. Le dieron un fuerte y franco abrazo. Finalmente, la mujer hizo su aparición. ¡El templo se oscureció y la tierra tembló! El rey les dijo: « ¡el templo se hundirá junto con todos ustedes!».
Lo demás es imaginación, puritana, laica, religiosa, casta, morbosa, pecaminosa, etc., etc., etc.
Pero hay varias pistas. En primer lugar: al monarca no lo azotaron ni tampoco lo golpearon. ¡Quizá siquiera le hayan asesinado!
En segundo lugar, ¡el público que asistió a la audiencia del palacio rio como nunca! Y gastó tanto aplauso como oro tenía el relicario. ¡El mismísimo palacio se inclinó una vez más! ¡Pero con tanto regocijo ésta vez!, que un calambre en su bóveda áurea lo infartó. ¡Volaron Miguel Ángel, la virgen deípara, y todos los santos y vitrales que allí había con mano talentosa decorados, todos al carajo!
Así ultimé mi relato. ¡Todos los animales lo corearon sin cesar!
Como moraleja, les recordé que para erigir, antes es necesario destruir.

La entrega

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