Para todo hay un tiempo, lo enseña la Biblia. De hecho, nacemos, y finalmente, morimos. Quizá el fin teleológico de toda vida, como organismo vivo, sea ese: fenecer. Nada puede perdurar para siempre. Aquello que viola tal enunciado no es profano, puede ser una piedra. Pero incluso a ella el tiempo la persigue hasta pulverizarla.
Entonces, ¿qué hacer si algo me disgusta? Aguardar a que el tiempo lo consuma.
Por eso observo la llama crecer, para poder a todos mis enemigos acoger dentro del gas inflamable aquél. Ya me harté de creer lo que me dicen éste o aquél. Sólo en mi hay Verdad. No creo en papas ni otra religiosidad. Sólo mi Verdad.
Ahora observo cómo ese fuego, ya casi fatuo, a todos ellos consume.
Y sí, era cuestión del tiempo llevarse lo que no sirve, remendar lo que sí, y atraer lo necesario para ultimar la faena de nuestro emisario: tiempo menesteroso, aplicado universitario, él es nuestro corsario.
Sí, el tiempo todo lo lleva. Incluso a los colaboradores de todo régimen, mentirosos, e inactivos. El tiempo todo lo desecha. Quien rabie ante estas palabras, pues es fácil: teme que su vida también acabe en desgracia.
Lamentablemente, cuando una trompeta toque, sí: ya estarán sumidos en la desgracia. Y yo, en cambio, viviré... observaré sus rostros de cerca, sin reír, pero sí con un sesgo lastimero... y les diré: «vieron, han caído en la desgracia».
Pobre del impuro, el pecador, el carroñero, el embustero, el chapucero, el truhan, el pendenciero, el rico, el rey y el falso obrero... caerán ellos en desgracia.
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