miércoles, 22 de mayo de 2013

El fin del espacio publicitario...

Hace un tiempo reflexionaba acerca del hastío. Ah, y de los comerciales también. Los más novedosos, y los pasados de boga.
En un ensueño poco particular, y demasiado atrevido, me propuse elaborar una consigna para reinventar los espacios publicitarios, hoy mandatarios supremos de toda vida humana.
Sin más rodeos al asunto, hace un siglo, tiempo en que transcurrió toda una vida...
—El mercader aguarda su proyecto. Que tiene prisa y necesita urgente lo suyo, ¿entiende? Que abandone la parsimonia, hermano. Que no anda de buenas, se ha separado de su mujer, y a quien le toque darle noticias bienaventuradas, premiará con gran fortuna.
—Tome, aquí está —se desesperó, el hombre, en acercarle el paquete cuando oyó lo de la riqueza—.
—No era necesaria tanta prisa. Aguarde hasta mañana, tendrá usted una respuesta al respecto. Adiós.
Sin darle lugar a retorica alguna en el saludo final, el secretario huyó. El chato con poca gracia ni se mosqueó, sólo siguió el aroma que dejaba por los aires la portentosa fortuna del viejo pronto a madurar en los cielos...
El modelo que diseñó el hombre para el rico aquél, en meseta depresiva y curva peligrosa por no conseguir elevar su autoestima, fue envuelto por alguna donación astral. 
Recibió dádivas en formato áureo, y asimismo, su fortuna se oyó por todo el vecindario como la más abultada del territorio. Al poco tiempo, como es obvio en casos como éste, abandonó su barrio y se apostó en las islas más opulentas. Desde allí comandó una empresa sin caudal humano más que su sapiencia. Sólo tenía tres hombres como ayudantes diestros.
Uno contó, en tiempo alguno, que el tal Olguín, dueño de una riqueza inconmensurable, se hizo fama de vendedor de medios masivos de comunicación con afortunado premio. 
Era un gran inductor, su carisma erizaba todo pelo humano. Otros contaron que sólo adoctrinaba para imprimir en el pueblo sus enseñanzas, que tenían alguna concordancia con otra riqueza, de otras alimañas y lacras más abultadas. 
Pero sea lo que fuera que haya sido, él proyectó los vicios y los desnudos televisivos, poco a poco y sin dejar rastro; en un cambió que se dio de golpe y porrazo, a los manotazos y con humores de excelente calidad. Hoy día, lastimosamente, aquellas humoradas han perdido su alcance, y todo se resume en... puros comerciales y comediantes de mediano alcance. 
También introdujo la enciclopedia. Aunque televisiva, o prensada y rellena con finas hierbas para que la parlas ensoberbezca o adormezca a quienes emiten o reciben; ella todo lo sabe y todo alimenta, digiere y lanza cuan bollo o en forma de periódico en toda casa que quiera oír sus supremos mandatos.
Él hizo destrozos con su megaimperio de las comunicaciones. Facilitó el adoctrinamiento popular, la aculturación del joven, la apatía por crecer como ser cívico y comunal, el puro nervio a la serenidad, el coito a la seducción natural, el odio militar; a todo un pueblo, ignorante en verdad. No porque Olguín sea dueño de la verdad, sino por no proponerse ellos ver de verdad.
¿Qué podemos hacer para frenar a Olguín y su imperio? Debo destacar que ya esta todo muy avanzado, en cuanto a forma y final, éste último ya muy cercano.
Ello me formulé en el ensueño, y no hallé respuesta más que el silencio y la búsqueda. Porque la verdad también está allí, en los medios, diseminada en una y otra cadena.
En cambio, nosotros somos los únicos que pronto caeremos en ese juego de imperios, donde los medios son los perfectos arácnidos que comenzaron, gracias a don Olguín, a tejernos hasta dejarnos en éste, actual enredo.
No es novedoso lo que escribo, lo saben todos. ¿Entonces? ¿Por qué estamos tan perezosos?
Naturalmente, acabo de repensar el sueño. No hará ni diez minutos que pongo un pie fuera de mi cama, y ya les estoy narrando mi declamación somnolienta.



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