Qué placer da verse en un reflejo. ¿Qué santo iría a verse en la cripta que encierra al soldado?; ¿y qué guerrero se bañaría con la sangre de un ejército rojo si sólo quedan ¡dos horas! para vernos los unos a los otros en el "Gran Espejo Colectivo"? A mí el rabo me sonreía y se movía como un violín, de este a oeste. ¿El soldado?, ¿el santo? No había inquietud en tales conceptos, el general Fritz Hans asistiría a la gran cena ésta noche y no puedo perderme lo generoso de su presencia. Antes de haber inventado el espejo "mundano", me hubo contactado el Señor Fritz para comentarle sobre ésta nueva máquina de guerra. Era algo colectivo, le dije. Es el sabor que todo dios anhela en su paladar. Es el reflejo de miles de almas en un pecho, es la personalidad múltiple. ¡Es el espejo que arderá debajo de las trincheras, estallará en cada bomba y expulsará el vaho de los soldados al cielo!, cálido y apagado; extinto y malinterpretado. Y allí, ¡sí, en lo alto! cuando el cuarto menguante les guiñe el ojo dirán en tropel, amigos y enemigos: "Dios, ¡es vuestra vida! Vuestros ojos parecen cansados y pronto a cerrarse. ¡OH, ten misericordia del rojo, del blanco y del negro!". Y tan pronto aquél acto intempestivo hubiera acabado... el magnífico les dirá desde arriba hacia abajo, con vista al Gran Espejo: "Véanse reflejados -todos miraban sus rostros y no veían más que fieles de lides, pero fraudulentos, rencorosos, venenosos y arrogantes de la raza que levantaban o la utopía social por la que luchaban-. El espanto es una obra de arte, Ustedes ahora son mi propia carne y tan pronto se corte el hilo del que pendo ésta noche; iré por Ustedes, por más carne y por más diversión. Ahora, terminen el combate, los guerreros no son leales si huyen y los reales no son tan codiciados si no valen lo que Ustedes ganan"... Dios hablaría así. Ellos también. No sabemos cómo terminaría pero seguramente, "Usted, Señor Fritz Hans, me comprenderá si asiste al gran evento en que presentaré el Gran Espejo Colectivo. Dejaré el telón caer y... ¡a la guerra!", dije con entusiasmo para que su visita cobre algo de valor en algo tan, pero tan insignificante como una vida, dos o tres. De qué va tanta palabrería, pero al menos conseguí al invitado de honor y unas monedas de oro no vendrían mal para saciar el hambre que desde hace glorias pasadas vengo recorriendo, harapiento de aplausos y vago de vítores que coreen mi nombre. Cuando le hube cortado la comunicación, convencido de que sería una gran hazaña a pesar de lo insulso y soso de la campaña, me eché un vistazo al espejo, lo lustré para la noche y fui hacia el ligustro verde, siempre tan (no encuentro palabras para expresar lo que esa maravilla de la naturaleza hace en mi interior en forma de "sensaciones bellas y sublimes"). Por la noche iría a otro evento. Por otro sueño más...
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