"No, gracias. No tengo ganas. No creo que quiera. Lo comprendo, totalmente, pero no; gracias". Ruedan y ruedan tantas veces como primaveras ha tenido la religión todas estas palabras. El bostezo se hace presente y qué más da... Querer no es ganar y triunfar no es querer. Todo lo resumimos en "hacer". El gran hacedor hoy se cansaba así, como sigue el relato del Judas bíblico, pero terrenal.
..."Señor, el destino. Sí, a Usted le hablo. No ha pedido acaso que inventemos una historia para que su hijo duerma por las noches... pues he aquí una ¡maravillosa, encantadora!, de tres niños y una fiera.
El primer bufón se acercó al Rey, pero a éste se le antojo algo tosco y sardónico el relato, así que fue desechado de la lista. A modo de recompensa le incendiaron el sombrero (para obsequiarle uno más harapiento en señal de regocijo hacia el arlequín y su humor poco interesante, tanto que incluso el Palacio se inclinó como tapándose el rubor que su sonrisa dejaba entrever). Pasó el siguiente, éste era un trovador de mil lenguas desconocidas. Comenzó balbuceando tres sílabas, dos letras del abecedario, luego una palabra que quebró los oídos más sensibles del Palacio ("demo") finalizando con otra que desdibujó con su vida: "gracia". Y todo ello sin saber que su mala dicción le llevaría hasta el lecho más tierno, el calabozo de las almas; el cielo de los condenados sin piedad, el infierno de los trovadores: una prisión "sin-fónica". Un último se acercó, era una fiera algo torpe en su andar, sacudía sus patas traseras como un caballo flagelado, emitía un sonido de dolor agudo, parecía trabajado desde su interior con una trompeta soplada con gritos de auxilio. Destartalado y grosero se presentó ante el Rey -quien lo observaba sin piedad con un azote en su mano más siniestra, la diestra-. Le dijo el Rey: "¿Y tú?". Respondió la cabra endemoniada con una risa chabacana. Se inclinó con gesto indecoroso sobre la alfombra del Palacio y sus ojos posaron frente a los del siniestro autoritario. Luego, habló de una forma extraña, por ser cabra y tener un gemido sádico. "Déjame verte de revés, Rey. Es necesario que lo haga para que vuestra historia lo encante como una maravilla y lo maraville como una muralla impenetrable. Déjame verte al revés, Rey. Te lo pedimos vosotros, tus hijos y alguien más. ¡Tu consejera, fiel a tus bondades, envidiosa de tus poderes y arrogante para con vosotros: súbditos!". No hubo caso, el Rey observó al Palacio de reojo, sonrojado y peculiarmente "asustado" -en alguien de gran tamaño, tal pequeñez era inviable-. Sin saber que la vista era más gorda que lo habitual, se dio media vuelta, dejó caer su capa, entregó la corona al bufón; el cetro de mando al trovador; y su espalda al espectador. Se acercaron sus tres hijos y la fiera... lo demás es imaginación puritana, laica, religiosa, casta. No lo azotaron, tampoco lo golpearon, quizá siquiera lo hayan asesinado. Pero cuando el telón bajó en su rojo carmesí, no hay duda alguna, ¡el público rió como nunca! El Palacio se había inclinado una vez más, pero ésta con tanto regocijo que le provocó un calambre en el seno de su bóveda. No pudo solucionarlo y su irascible temperamento, lujurioso y excesivo quebró las mismas. El monumento íntegro se desmoronó. Sólo sobrevivieron el bufón y el trovador, el resto... Sólo eso, resto Humano".