jueves, 29 de septiembre de 2011

- ¿Cuándo comenzamos a vivir?, pregunta el aire.
- ¿Cuándo te dejarás llevar por la vida en lugar de ser tú quien siempre pretenda    arrastrarla en remolinos feroces?, le responde la luz.
- ¿Cuándo te alejarás de la vida?, le devuelve tartamudeando el huracán.
- Pues, por las noches me apago para ti y brillo para otros.
- ¿Cuándo callarás tu respeto?, le preguntan dos momias.
- Acaso Ra no te ha dado la vida, ingenuo...
- Tal vez no seamos más tus sombras, como tu a por otros, ¡nosotros a por ellos!, calculaban en una tabla matemática todos a la vez cómo conseguir más vida que atemorizar.
- (Se retiró el Sol instantes previos a que los pequeños matemáticos dieran su gran golpe)
- (Sin mirarse seguían con su cálculo al grito enardecido de ¡a por ellos!)
- (Finalmente, el Astro majestuoso con aros de plata hizo su entrada heroica en el averno de Fritz) 

jueves, 22 de septiembre de 2011

Adiós, viejo conocido.


 Ser enfermo es a veces gratuito y benéfico. O pido dos monedas y me las dan por lástima: ¡y qué más da, me quedaré aquí un par de días más! (susurra el zorro: “no sea cosa que se aviven estos naides”). Qué retrógrado es ese intento de Ser Humano, he viso pintores de pies sin manos, de manos sin pies, de boca sin lo aquello ni lo otro. Y algunos  sin vergüenza se exhiben maquillados con un rostro lastimoso, quejoso, angustiante o sencillamente malintencionado y rabioso cuando lo ignoramos. Luego diremos que allí va el  viejo conocido por las calles ¡allí está!, ¡sí, ese, del que te conté!
-          El  de las tarjetas al desnudo, el quiere que le pague porque si no me amenazará.
-          Pero, ¿por qué le tienes que pagar? ¿Acaso te está haciendo algún trabajo?
-          No, el dice haber sido operado, tener asma, reuma, estar enfermo, que me mostrará la pastillita que toma. Y más palabras que me enfurecen. Pero  siendo una Señora, qué puedo hacer más que llamarlos a Ustedes para que lo filmen y revelen la verdad.
-          ¿Alguien hará algo por esto que se vive cotidianamente? Qué más da. El fin del Hombre de maíz se aproximará.
El  ignoto transeúnte no mira a los ojos, desvía o amenaza. Pero si una Señora pía se apiada, él le sonríe y bendice. Y nos vamos con su bendición, “¡bendito sea tu nombre, viejo conocido!”. Nos quitan unas monedas cuando el cuerpo no es exigido por la mente con el Poder de hacer, y una Voluntad Creadora. Y claro, ¿qué pasa cuando esto sucede?: el anodino y pueril varón cae en el conformismo. Otro ismo que hoy día es Rey. El esfuerzo es esclavo, porque el soso y apagado varón no tiene las agallas de enfrentar la vida. “¡Adiós!, viejo conocido”

jueves, 15 de septiembre de 2011

Perfil bajo...

La humildad, la humildad ante todo. Dijo así Jesús. Y terminó siendo un santo.

lunes, 12 de septiembre de 2011

La risa y el llanto, fusión.

Me pregunto, ¿salen la risa y el llanto -como el agua y el aceite-, juntos, pero separados? Me pregunto, ¿es extraño ver a un animal poderoso abrir la compuerta del tiempo con viento en contra? Me pregunto, ¿seré realmente una especie de "tic nervioso" controlando mi radar? Me pregunté hace dos días, ¿seré realmente quien pretendo ser, quién soy o... quien aspiro ser -ah, olvidaba que se asemeja a la primera-?, habré querido decir "quien finjo ser" -ah, pero "pretender", ¿no es acaso fingir "in english"? Cómo sea, hoy volví a preguntarme lo que hace dos años atrás, ¿la Tierra es circunferente a un dodecaedro o diferente a Saturno, Júpiter y Venus? Sí, ¡estamos fingiendo!, qué clase de torpe se preguntaría ésto último. Me pregunto ahora, si Ptolomeo lo pensó distinto pero parecido, ¿por qué no habríamos de pensar nosotros y así pasar a la historia con un gran hito: "el Hombre subterráneo"? El habita, no vive. El ríe, no piensa. El siente, no lagrimea. El acusa a su instinto de fiel, el fidedigno le acusa de confiado. El Hombre subterráneo se fusiona con una sonrisa gozosa y dos gotas de sal húmeda; el lamento es un momento placentero para él; el niño que hay dentro del "subterranean men" no cree en las lágrimas que le purifican, se confía de caminar erguido, hacia el futuro. No lo escribe, lo anda. No lo piensa, lo anda aún más de prisa. No lo persigue, lo consigue. Fin último del Hombre subterráneo: soñar y ganar un futuro más próspero, más digno, más útil, menos programado y más pragmático. Fin último al que tiende todo Hombre aristotélico: felicidad. Semejante, muy semejante. Andar es evolucionar. Evolución es una mueca risueña en algo serio... Iré a verme al espejo, ¡no sea cosa que me convierta en un "subterranean men"! Ah, picarones, picarones...

domingo, 11 de septiembre de 2011

El desgano y la apatía de "la lujuria" festiva

"No, gracias. No tengo ganas. No creo que quiera. Lo comprendo, totalmente, pero no; gracias". Ruedan y ruedan tantas veces como primaveras ha tenido la religión todas estas palabras. El bostezo se hace presente y qué más da... Querer no es ganar y triunfar no es querer. Todo lo resumimos en "hacer". El gran hacedor hoy se cansaba así, como sigue el relato del Judas bíblico, pero terrenal.

..."Señor, el destino. Sí, a Usted le hablo. No ha pedido acaso que inventemos una historia para que su hijo duerma por las noches... pues he aquí una ¡maravillosa, encantadora!, de tres niños y una fiera. 
El primer bufón se acercó al Rey, pero a éste se le antojo algo tosco y sardónico el relato, así que fue desechado de la lista. A modo de recompensa le incendiaron el sombrero (para obsequiarle uno más harapiento en señal de regocijo hacia el arlequín y su humor poco interesante, tanto que incluso el Palacio se inclinó como tapándose el rubor que su sonrisa dejaba entrever). Pasó el siguiente, éste era un trovador de mil lenguas desconocidas. Comenzó balbuceando tres sílabas, dos letras del abecedario, luego una palabra que quebró los oídos más sensibles del Palacio ("demo") finalizando con otra que desdibujó con su vida: "gracia". Y todo ello sin saber que su mala dicción le llevaría hasta el lecho más tierno, el calabozo de las almas; el cielo de los condenados sin piedad, el infierno de los trovadores: una prisión "sin-fónica". Un último se acercó, era una fiera algo torpe en su andar, sacudía sus patas traseras como un caballo flagelado, emitía un sonido de dolor agudo, parecía trabajado desde su interior con una trompeta soplada con gritos de auxilio. Destartalado y grosero se presentó ante el Rey -quien lo observaba sin piedad con un azote en su mano más siniestra, la diestra-. Le dijo el Rey: "¿Y tú?". Respondió la cabra endemoniada con una risa chabacana. Se inclinó con gesto indecoroso sobre la alfombra del Palacio y sus ojos posaron frente a los del siniestro autoritario. Luego, habló de una forma extraña, por ser cabra y tener un gemido sádico. "Déjame verte de revés, Rey. Es necesario que lo haga para que vuestra historia lo encante como una maravilla y lo maraville como una muralla impenetrable. Déjame verte al revés, Rey. Te lo pedimos vosotros, tus hijos y alguien más. ¡Tu consejera, fiel a tus bondades, envidiosa de tus poderes y arrogante para con vosotros: súbditos!". No hubo caso, el Rey observó al Palacio de reojo, sonrojado y peculiarmente "asustado" -en alguien de gran tamaño, tal pequeñez era inviable-. Sin saber que la vista era más gorda que lo habitual, se dio media vuelta, dejó caer su capa, entregó la corona al bufón; el cetro de mando al trovador; y su espalda al espectador. Se acercaron sus tres hijos y la fiera... lo demás es imaginación puritana, laica, religiosa, casta. No lo azotaron, tampoco lo golpearon, quizá siquiera lo hayan asesinado. Pero cuando el telón bajó en su rojo carmesí, no hay duda alguna, ¡el público rió como nunca! El Palacio se había inclinado una vez más, pero ésta con tanto regocijo que le provocó un calambre en el seno de su bóveda. No pudo solucionarlo y su irascible temperamento, lujurioso y excesivo quebró las mismas. El monumento íntegro se desmoronó. Sólo sobrevivieron el bufón y el trovador, el resto... Sólo eso, resto Humano".

viernes, 9 de septiembre de 2011

El principio de las cosas

Qué placer da verse en un reflejo. ¿Qué santo iría a verse en la cripta que encierra al soldado?; ¿y qué guerrero se bañaría con la sangre de un ejército rojo si sólo quedan ¡dos horas! para vernos los unos a los otros en el "Gran Espejo Colectivo"?  A mí el rabo me sonreía y se movía como un violín, de este a oeste. ¿El soldado?, ¿el santo? No había inquietud en tales conceptos, el general Fritz Hans asistiría a la gran cena ésta noche y no puedo perderme lo generoso de su presencia. Antes de haber inventado el espejo "mundano", me hubo contactado el Señor Fritz para comentarle sobre ésta nueva máquina de guerra. Era algo colectivo, le dije. Es el sabor que todo dios anhela en su paladar. Es el reflejo de miles de almas en un pecho, es la personalidad múltiple. ¡Es el espejo que arderá debajo de las trincheras, estallará en cada bomba y expulsará el vaho de los soldados al cielo!, cálido y apagado; extinto y malinterpretado. Y allí, ¡sí, en lo alto! cuando el cuarto menguante les guiñe el ojo dirán en tropel, amigos y enemigos: "Dios, ¡es vuestra vida! Vuestros ojos parecen cansados y pronto a cerrarse. ¡OH, ten misericordia del rojo, del blanco y del negro!". Y tan pronto aquél acto intempestivo hubiera acabado... el magnífico les dirá desde arriba hacia abajo, con vista al Gran Espejo: "Véanse reflejados -todos miraban sus rostros y no veían más que fieles de lides, pero fraudulentos, rencorosos, venenosos y arrogantes de la raza que levantaban o la utopía social por la que luchaban-. El espanto es una obra de arte, Ustedes ahora son mi propia carne y tan pronto se corte el hilo del que pendo ésta noche; iré por Ustedes, por más carne y por más diversión. Ahora, terminen el combate, los guerreros no son leales si huyen y los reales no son tan codiciados si no valen lo que Ustedes ganan"... Dios hablaría así. Ellos también. No sabemos cómo terminaría pero seguramente, "Usted, Señor Fritz Hans, me comprenderá si asiste al gran evento en que presentaré el Gran Espejo Colectivo. Dejaré el telón caer y... ¡a la guerra!", dije con entusiasmo para que su visita cobre algo de valor en algo tan, pero tan insignificante como una vida, dos o tres. De qué va tanta palabrería, pero al menos conseguí al invitado de honor y unas monedas de oro no vendrían mal para saciar el hambre que desde hace glorias pasadas vengo recorriendo, harapiento de aplausos y vago de vítores que coreen mi nombre. Cuando le hube cortado la comunicación, convencido de que sería una gran hazaña a pesar de lo insulso y soso de la campaña, me eché un vistazo al espejo, lo lustré para la noche y fui hacia el ligustro verde, siempre tan (no encuentro palabras para expresar lo que esa maravilla de la naturaleza hace en mi interior en forma de "sensaciones bellas y sublimes"). Por la noche iría a otro evento. Por otro sueño más...