viernes, 22 de marzo de 2013

¿Cómo dar un salto?

¿Cómo dar un salto? 
Sí. Eso fue lo que me llamó, ¡poderosamente!, mi humilde atención. «¿Cómo diantres dar un maldito salto?», no dejé, una y otra vez, de preguntarme, solitario y con brío; pero demasiado, suficientemente tibio, y en mi vejete camastro anclado con un polvoriento libraco en mano.
No lo dudé más. Hice crujir, uno a uno, cada hueso mío dislocado. Los puse en su lugar sin mofa alguna. Paso posterior, así un manojo de llaves. Muy deteriorado por el paso del tiempo, ciertamente. Se notaba que no era acero, pues el contacto con la piel lo había dejado verdoso, y la intemperie, algo oxidado. 
Pero... sí; efectivamente. Me detuve, austeros instantes; con el caudal de llaves en mi poder y una duda: «¿a dónde coños me dirijo?».
No había puerta. Tampoco un arca. ¡Siquiera una gama que me indicara el camino con fosforescencias intermitentes en una bóveda negruzca!
No hubo inconveniente alguno. Encendí el radio despertador. Lo mismo con el televisor. Aventé las ropas, dejando el ropero como cuando nuevo. Sin nada. Me volví a lanzar hacia la cama. Rasqué mi pie diestro con el siniestro. Me cosquillé la comisura labial. Volví a ordenar mis ropas.
Nada. Todo era lo mismo.
¿Cómo dar un salto? Esa era la cuestión.
En mi pieza sólo había un radio despertador. Una televisión. Un ropero. Ropa. Y yo. «¿Y cómo dar un salto?». Eso me preguntaba cada mañana, cada noche y cada muerte. 
En mi refugio sólo había monotonía y colores homogéneos. Sólo una gama. Ni alfa ni omega. Sólo un color. Siquiera la paleta del gran artífice universal habría podido dar a luz en aquella covacha ennegrecida y mohosa.
«¡Pero qué hijo de... dios; claro, el balcón!», vino a mi mente con fugacidad aquél hueco, fiel vacío. Lo tracé como un alfarero a sus trabajos. Lo imaginé...lo pedí...lo atraje; y sí: el balcón ya estaba allí. Fueron las primeras gotas heterocromáticas que ingresaron al cuarto aquél. La pregunta sin respuesta se hizo más simple. «¡El balcón, pues!», fue mi réplica ante ello.
Así fue. Con mis botas montañesas corrí los metros que me distanciaban del gran hueco aquél ya adornado. Corrí, corrí y recorrí esos pasos con tanta velocidad... 
«Cómo dar un salto?», me pregunté, nuevamente, desde abajo. «¿Salí, acaso, del encierro para sumergirme junto con el tumulto, resplandeciente, en sus mismas aguas? Pero si estaba bien en cielo. Por qué la ocurrencia de bajar a tierra...».
Qué tercos son los héroes. No conformes con lo que hicieron, pretenden volver a por más. ¿Y por qué es siempre así?
Pregunta de fácil respuesta: ¿cómo dar un salto? 
Así es. Son inquietos. Son bravos. Son... son héroes.
Lancé el polvoriento libraco con mofa. Dejé caer mi cuerpo desnudo en la anticuada cama. Y volví a rascar mis pies. Mi mentón. Mis labios...